Final Fantasy VI, el videojuego que inauguró la edad de oro del RPG japonés

Oh my hero, so far away now. Will I ever see your Smile? Love goes away, like night into day, It’s just a fading dream. I’m the darkness, you’re the stars. Our love is brighter than the sun. For Eternity, for me there can be only for you my chosen one

Must I forget you? Our solemn promise? Will autumn take the place of spring? What shall I do? I’m lost without you. Speak to me once more!

We must part now. My life goes on. But my heart won’t give you up. Here I walk away, let me hear you say. I meant as much to you. So gently, you touched my heart. I will be forever yours. Come what may. I won’t age a day, I’ll wait for you, always…

Que nadie me malinterprete porque sigo en huelga. Sin embargo hoy es un día especial. Un día de éstos en los que me apetece darme un premio en forma de pequeño homenaje a uno de esos retales de mi vida que, bien en forma de anime o en forma de videojuego, marcaron mi forma de ver el mundo y que, de un modo u otro, contribuyeron a hacer de mí parte de lo que soy hoy.

Y por ello este lunes se me antoja hablar de… un juego… O tal vez debería decir “El Juego”… No sé. ¿Qué se puede decir cuando no hay palabras? ¿Cuándo tienes que exponer y describir una simple sensación, un mero sentimiento o un trozo de alma encerrado en un pedazo de plástico con chips en su interior? ¿Es que acaso existe una unidad de medida para la belleza? ¿Se puede insultar a una obra de arte calificándola con un simple número?

Posiblemente no. Hay cosas que no son cuantificables ni descriptibles, sino simplemente hermosas. Una caricia en forma de una historia prodigiosa, embriagadora, sutil, bella… procedente de una época en la que los videojuegos japoneses estaban simplemente a otro nivel y la magnificencia de un título se caracterizaba, no por millones de polígonos y texturas moviéndose a velocidad de vértigo entre decenas de explosiones y rostros casi reales, sino por… un guión capaz de sobrecoger usando arquitecturas tan limitadas como las de una consola de 16 bits… unos personajes carismáticos, elegantes y cautivadores, capaces de quedar grabados a fuego en el alma y el corazón de aquellas personas que tuvieron la enorme suerte de conocerlos y que el paso del tiempo no sólo no los ha borrado la memoria colectiva sino que los ha elevado a la categoría de mitos… y una música que lograba transportar al jugador a un mundo onírico en el que las melodías pasaban de ser simples composiciones a transformarse en… la voz del espíritu.

Tal día como hoy, hace dos años, procedí a analizar el mejor manganime de todos los tiempos: Monster. Una temporada más tarde hice lo propio con una de las series de mi infancia: Ranma ½… y hoy… en esta fecha tan señalada en la que, por alguna razón que no viene al caso, siempre me pongo a hablar de esta clase de cosas… me gustaría invitaros a que vieseis a través de mis vulgares ojos y mi baja lengua… una obra maestra llamada… Final Fantasy VI y que allanó el camino para que esa obra maestra llamada FF VII cambiase el destino de la historia del entretenimiento electrónico. Así pues, damas y caballeros, con todos ustedes… un canto a la armonía en el alma.

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