Metropolis

Nos encontramos en la Europa del año 1919. Los vencedores de la que ya se ha dado en llamar “Primera Guerra Mundial” destruyen los imperios centroeuropeos mediante tratados que crean de sus cenizas “estados desastre” destinados a sucumbir por culta de las guerras internas, la codicia de sus vecinos y la inestabilidad política. De ellos, el primero en caer fue la llamada “República de Weimar”, un invento con el que los aliados bautizaron a los restos del orgulloso II Reich y cuyas fronteras corresponden prácticamente a la actual Alemania.

Su destino, de cualquier modo, estaba fatalmente marcado desde el mismo momento de su nacimiento. La antaño primera potencia continental se veía obligada, sin haber perdido realmente la contienda, a pagar la reconstrucción de su mayor enemigo, Francia, mientras veía como ésta le arrebataba las regiones de Alsacia y Lorena y gestionaba junto con sus aliados lo que habían sido sus antiguas colonias, en un tiempo en el que el prestigio de una nación se media por los kilómetros cuadrados de su imperio.

La crisis económica derivada de esta circunstancia convierte a Weimar en un objetivo prioritario para la KOMINTERN, que suspira por instaurar en ella un régimen comunista de la mano de Rosa Luxemburgo, mientras su Gobierno se ve obligado a recurrir constantemente al ejército para aplacar unas cada vez más frecuentes revueltas que bien por lucha obrera, bien por revanchismo, querían ponerle fin a una etapa de la historia que para los alemanes no era sino una humillación en toda regla moldeada a capricho de sus eternos enemigos.

Sin embargo, este ambiente agitado en el que los militares constituyen un estado dentro del estado hasta el extremo de que ningún gobierno podía sostenerse sin ellos (y que desembocará en el ascenso del nazismo al poder) acogió irónicamente a uno de los movimientos artísticos y cinematográficos más brillantes del siglo XX y que tuvo una palabra clave “Expresionismo”, que alcanzará su cénit en este período.

Weimar se convirtió pues en la capital mundial del cine y muchas de sus películas como “Nosferatu” o “El Gabinete del Dr Caligari” siguen siendo, incluso a día de hoy, todo un sinónimo de vanguardismo y de originalidad escenográfica que para muchos no ha sido superado. Aunque una de estas producciones destaca por encima de todas: Metrópolis de Frizt Lang, auténtico retrato en clave de la realidad del país y de sus aspiraciones de poder y gloria antaño hundidas.

Fiel a su estilo de versionar libremente relatos clásicos y vidas que pudiesen resultar interesantes, Osamu Tezuka, considerado por muchos como el gran maestro del manga y cuya supuesta germanofilia daría pie a un apasionante debate en el que no es mi intención inmiscuirme, decidió reinterpretar a su modo esta gran obra maestra del cine alemán transformándola en la historia de amor entre un joven y una androide destinado a ser “El Superser” que controle todos los entresijos de la ciudad-estado cuyo nombre da título a la obra.

Tomando como base este particular manga, Rintaro, verdadero discípulo amado de Tezuka, dirigió una ambiciosa adaptación al anime producida por el estudio MADHOUSE en 2001 y que contó con un presupuesto fuera de lo común y un staff lleno de grandes estrellas de la animación japonesa entre las que destacó por méritos propios Katsuhiro Otomo, padre del archiconocido “Akira”, que se hizo cargo del guión. Un clamoroso error que a lo largo de las siguientes líneas intentaré de un modo u otro explicar.

En el argumento original ideado por Tezuka, los protagonistas eran Tima, la pequeña niña robot de aspecto angelical destinada a convertirse en el llamado “Superser” que Gobierne sobre Metrópolis sentada en el trono del “Zigurat”, Kenichi, el sobrino de un detective japonés que acompaña a su tío cuando éste se desplaza a la ciudad para perseguir a un peligroso científico loco y el Barón Rojo, fundador del poderoso partido Marduk y verdadero hombre fuerte del “país”.

Otomo decidió inventarse sobre la marcha un personaje al que llamó Rock, una especie de hijo adoptivo del Barón caracterizado por un odio enfermizo hacia los robots y una desmedida pasión por las pistolas, cuya obsesión consiste en destruir al Superser para que únicamente su padre tenga la clave del destino de la megalópolis.

La incorporación de este rocambolesco personaje, con no pocas similitudes respecto a un Terminador, constituye el primer y más grave fallo de esta cinta. Su comportamiento alocado y la multitud de escenas sin sentido que provoca la idea del guionista de reinventar la historia para poner al nuevo personaje a la altura de los auténticos protagonistas, termina por convertir su simple presencia en cansina y absurda.

Kenichi, Tima y Rock

A pesar de ello hay que reconocer que este factor no es sino una pequeña parte del gran problema de Metrópolis, que es sencillamente el de la desvirtuación de la idea original. La adaptación al cine de Lang reflejaba algo más que una historia extraña. Era una completa radiografía de la realidad política, social y cultural de la Alemania de entreguerras resumida en el Levantamiento Espartaquista, su posterior represión y la obsesión por recuperar el prestigio perdido mediante una persona que se pareciese al “superhombre” descrito en el siglo XIX por Nietzsche.

Tezuka extrapola estos problemas a los que darán pie al III Reich de Hitler cuando éste ascienda al poder, de modo que no resulta difícil identificar en los maltratados Robots a los judíos centroeuropeos o comparar los métodos y vestimentas del partido Marduk con el NAZI, con todo lo que ello supone de blasfemo respecto a la película original en blanco y negro.

De hecho, tal y como se puede comprobar en otro de sus mangas, Adolf, el gran gurú del género hablaba de que los nazis, y más concretamente los miembros de las SS, tenían una cierta predilección por las pistolas y por disparar con ellas, aunque eran poco o nada dados al combate cuerpo a cuerpo, tal y como se puede apreciar con total claridad en los miembros del ejército o incluso en el comportamiento del intruso Rock.

Perdida pues la sesuda base intelectual de la joya del siglo XIX, “Metrópolis de Osamu Tezuka”, queda reducida a una pasable historia de amor entre niños, caracterizada por una excepcional animación, llena de CGs y efectos visuales, y toda clase de imitaciones de los hábitos propios del cine de los años veinte, tanto en sus recursos artísticos como en su banda sonora, mezclados incomprensiblemente con el fantasma de las dos primeras entregas de la saga “Terminator”, que se hace especialmente visible en “el invitado” de Otomo y en su escena final, quizás la más aclaratoria de cuantas se pueden mencionar.

Una combinación de elementos, unidos a los continuos choques entre los estilos del mangaka original y el guionista (especialmente visible en las escenas de disparos entre el ejército y los robots), que terminan por convertir a la que fue una de las películas de animación japonesa más ambiciosas de su tiempo, en un anime del montón, referente ineludible eso sí en los reportajes recopilatorios del género en la última década merced a su impresionante Staff, pero que, desafortunadamente, compite con un precedente demasiado poderoso para pasarle por alto sus “blasfemias” al original.

Nota: 7

10 comentarios el “Metropolis

  1. Vaya, lo siento Dath

    Respecto a Metropolis, gran critica de nuevo, pero no puedo opinar al respecto porque hace mucho tiempo que vi la pelicula, tengo que volverla a ver.

    PD: Una cosa, he visto el capitulo 10 de Ef, y he entendido mucho mejor lo de la confusión artística, por culpa de una escena casi al final del episodio casi me da un ataque epiléptico por culpa de los malditos numeritos de la targeta de telefono que se van interponiendo todo el rato en la susodicha escena.

    Saludos y tranquilo si respondes tarde, que tampoco hay prisas xDD

  2. Ánimo, Dath y DEP ese señor.

    Metropolis la miré hace muchísimo (como que la alquilé en el videoclub y todo en lugar de bajarla por internet por los tiempos que eran xD) y recuerdo que me gustó, pero menos que el Metropoli de Fritz Lang.

  3. Siento mucho la pérdida, Dath. Ánimos, es todo lo que me atrevo a decir.

    Metropolis me llamó la atención cuando salió en el 2001, pero por aquel entonces nada me llamaba la atención durante mucho tiempo, así que la perdí de vista. Quizá la vea, aunque sin haber visto antes la versión anterior (mal, mal, mal!) no podré comparar. Aun sin haberla visto nunca he sido muy amiga de modificar originales, sobretodo si son buenos. Se puede hacer una versión, pero hay que tener cuidado.

    Buena crítica, como siempre. Saludos! ^u^

    Anne

  4. Pues muchas gracias por vuestras condolencias aunque tranquilas que no le dediqué esta entrada con tristeza. Realmente hacía tiempo que no nos veíamos, pero se murió de pronto y al margen de ir a su funeral le preparé algo especial en este blog a modo de homenaje personal. Además él era un cachondo y menudas risas se tiene que estar echando ahora mismo por ahí arriba con tanto personaje famoso con el que bromear, que menudo era él xDD.

    Sobre lo que dices Djevel ya te lo advertí xDD, aunque para mí el peor momento fue el de la avalancha de mensajes… ya sabes a qué me refiero xDD.

    Y sobre lo que ver esta película, esto ya por los tres, pues… es que no merece la pena… a secas xDD. Aunque ya sabéis que tengo un criterio un poco peculiar para estas cosas xDD.

    Un saludo ^__^.

  5. pfff mm.. personalmente la película me dejó ahí nomás.. con gusto a más, pero bueno, en realidad la vi hace bastante tiempo.
    Quizás si la viera ahora mi percepción cambiaria

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Adelante, siéntete libre para incordiar :3

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