Ether Vapor

Si hay un género del que puede decirse, sin el menor miedo al temblor de pulso, que ya se ha dicho tanto que posiblemente no hay nada nuevo que contar, ése es sin duda el de los “matamarcianos” o Shooters de naves espaciales. Una forma de hacer videojuegos claramente enfocada al arcade que arrasó en los 80 y 90, pero que con la llegada del nuevo siglo cayó progresivamente en decadencia hasta convertirse en una simple curiosidad para los llamados “casual gamers” sólo comercial dentro de los límites del mercado japonés.

Cierto es que Video System, Capcom o Konami invirtieron cantidades millonarias de dinero en la creación de títulos como Aerofighters, Aleste o Gunbird. Pero si hubiese que elegir a la reina indiscutible de este sector, pocos se resistirían a concederle tal honor a Treasure, verdadero portaestandarte de la originalidad y de los despliegues armamentísticos que desde su ya mítico Axelay (de los tiempos en los que era un estudio de la ya mencionada Konami) ha demostrado sobradamente su calidad tanto en el ámbito recreativo como en el de las consolas domésticas.

Heredero directo de aquel legendario título, Ether Vapor es un Doujin Game en 3D desarrollado por Edelweiss que, al igual que el clásico de SNES, propone una mezcolanza alternante de scrolls horizontal y vertical a lo largo de siete fases de dificultad creciente y cuyo desenlace sólo seremos capaces de alcanzar tras muchas horas de juego y un conocimiento profundo de los mapas existentes.

Inicialmente el jugador dispondrá de dos vidas y otros tantos continues, a todas luces insuficientes para alcanzar su finalización. Aunque la consumación de objetivos, normalmente relacionados con la superación de “pantallas” o la derrota de ciertos enemigos, irán ampliando estas cifras hasta que sean lo suficientemente elevadas como para tener una oportunidad de llegar a la aparentemente inalcanzable fase final.

Al margen del campo visual con el que toque jugar, las naves se encuentran equipadas con tres tipos de armas: láser central, lateral y teledirigido. Entre medias, los dos primeros tipos de rayos permiten acumular energía para lanzar un gigantesco proyectil de efectos devastadores o un escudo con el que durante un muy breve periodo de tiempo detendrá cualquier ataque propinado por el enemigo a excepción de las embestidas.

Es aquí donde reside el gran encanto del juego: el de la total utilización que algunos jefes hacen del entorno 3D para desplazarse a sus fondos y de este modo evitar cualquier disparo no dirigido específicamente a ellos y al mismo tiempo preparar una contraofensiva eficaz. Con todo, el planteamiento gráfico del juego está basado en gigantes de la talla de Ikaruga o las últimas entregas de las sagas Thunderforce o R-Type en función del Scroll mostrado. En otras palabras, multitud de efectos de luces y explosiones gigantescas acompañadas de un espectacular despliegue de enemigos en pantalla que preceden a un gigantesco jefe final.

Sin embargo, lejos de ser una virtud, es aquí donde encontramos el único aunque gran fallo de Ether Vapor. Recuerda demasiado a otros títulos y nada de lo que ofrece es realmente novedoso. Bien se podría definir incluso como una especie de totum revolutum de elementos ya creados que sirven para producir un título impersonal y “precocinado” para los fans del género a los que se les ofrece exactamente lo que quieren sin arriesgar en modo alguno.

Por lo demás poco que reseñar. Un sistema de recuento de objetivos derribados, unos sonidos FX correctos, una OST que pasa sin pena ni gloria, una historia del montón que al menos da una explicación sobre lo ya ocurrido y por acontecer entre fase y fase, y una dificultad desmedida e inhumana que si bien suele ser plato de gusto de los jugadores japoneses más freaks (recordemos que no es difícil encontrar personas capaces de manejar dos naves a la vez con total sincronización), para los europeos se torna un obstáculo insalvable que condena a un videojuego al ostracismo de una estantería en la que acumular polvo. Un título correcto y bien acabado técnicamente que cumple a la perfección su cometido de entretener, aunque queda a una enorme distancia de los gigantes del género.

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