A letter to Momo, o cómo destruir Production I.G en menos de dos horas

A Letter to Momo

Querido papá, estoy bien. Siento mucho haberte dicho esas cosas tan terribles e hirientes aquel día. Siempre quise disculparme por ello. Los tres espíritus salvaron a mamá; agradéceselo de mi parte. Probablemente tengas otra forma en este momento, pero quiero decirte que viviré a tope junto a mamá, así que por favor cuida siempre de nosotras, incluso ante la menor preocupación. A mi querido papá, Momo

Últimamente pienso que ser un otaku acarrea implícitamente ser masoquista. Es increíble comprobar cómo cada vez que creo que es imposible empeorar la calidad de los productos nacidos en el Imperio del Sol naciente, sus estudios consiguen caer todavía más bajo y terminar por convertir lo que eran bodrios apenas unos años atrás, en auténticos clásicos en comparación con sus nuevas ocurrencias.

Nunca he ocultado que el manganime empeora con los años y que los extremos a los que más o menos se llegaron en las series de 2010 resultan dramáticos, aunque esta cruda realidad alcanza también a los largometrajes del género. De hecho, sólo una de las películas de la temporada pasada, Buddha: The Great Departure, era digna de salvarse de la quema. El resto fueron simples bazofias cuya simple contemplación constituía un auténtico castigo divino y que llevó el significado de la palabra “tedio” hasta unos límites que yo por lo menos desconocía.

Fue por ello por lo que cuando vi el primer trailer de esta cinta, a pesar de la buena acogida que tuvo entre los aficionados al género, lo hice con toda clase de reservas por parecerme particularmente anodino lo que en él se mostraba, merced a su extraña propuesta: una mezcla de historia soporífera ambientada en el Japón más intrascendente con la rocambolesca manía de ciertos autores orientales de retratar en sus narraciones el lado más desagradable y antihigiénico de sus criaturas mitológicas. Un hecho a pesar del cual me hice con el film cuando por fin estaba disponible en formato doméstico y hoy, por fin, procedo a analizarlo. Veamos si mi intuición se equivocó en su momento o no.

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Wolf’s Rain, el pilar sobre el que BONES consolidó su imperio de animación

Wolf's Rain

No existe un lugar que pueda llamarse “Paraíso” y no hay nada en el fin del Mundo. No importa lo mucho que camine, el camino continúa y continúa. Pero incluso así, ¿por qué siempre tengo el mismo deseo? Puedo escuchar a alguien diciéndome “Aspiras al Paraíso”

Ya lo avisé en su momento. Simplemente me niego a comentar animes contemporáneos por razones que no voy a repetir pero que se resumen en el velado interés por parte de los estudios nipones de convertir el género que les dio la fama en una vulgar exhibición de frivolidades y mamarrachadas varias con forma de colegialas de gran interés para las compañías de merchandising, pero de corrosivas repercusiones para todo lo que un día llegó a significar la animación oriental. Tal vez por ello, y de un modo verdaderamente accidental, tomé la determinación de analizar una de las series clásicas que más me han llegado a solicitar a lo largo de los años por ser de uso habitual por mi parte para ilustrar tanto mis posts de temática Off-Topic como mis portadas de Facebook y cierta red social, así como por un motivo tan evidente como mi apodo.

Hablo cómo no de “Wolf’s Rain”. Una apuesta que en su día me dejó un tanto frío pero a la que el desolador panorama que en relación al manganime nos tortura en los últimos años, ha hecho que rescate de mi estantería para hacerla objeto de un pequeño reportaje debido a la objetiva importancia histórica que en la misma reside. Muy especialmente esto último por hacer que toda una generación de otakus, entre los que se encuentra un humilde servidor, oyésemos hablar por primera vez de un estudio llamado BONES y que serviría como auténtica carta de presentación para las maravillas que posteriormente nos regalarían y con una palpable declaración de principios de cara al futuro que subyacía en el interior de su trama.

Por tanto, no me voy a entretener más y procederé a entrar de lleno en esta particular distopía que regaló al género alguno de los diseños de personajes más recordados de la Historia y que a día de hoy puede considerarse toda una serie de culto, a pesar de ciertas críticas que en su día recibió y que a lo largo de las próximas líneas intentaremos escudriñar.

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Fushigi no Umi no Nadia. El misterio que catapultó al estrellato a Hideaki Anno

Fushigi no Umi no Nadia

En el año 1889, una sucesión de naufragios inexplicables azotaban el alta mar. Corría el rumor de que un monstruo marino era el que los provocaba, pero lo cierto es que los gobiernos de todo el mundo no tardaron en acusarse unos a otros de pruebas militares secretas contra navíos, con lo que la tensión empezó a crecer. En esa época, en mitad del progreso científico y tecnológico de la Revolución Industrial, las potencias coloniales luchaban por expandir sus dominios por Asia y África mientras los conflictos se sucedían uno detrás de otro y por ello, a las puertas del siglo XX, el mundo temblaba ante la posibilidad de una Guerra Mundial. ¿Eres un aventurero? ¿Alguien capaz de atravesar las barreras de lo que llamamos “peligro” para hallar la verdad que ocultan las leyendas? Si es así, sígueme…

Sí, en efecto, algunos lo recordarán. Estoy hablando de una serie a la que definí en su momento como una de las mejores de todos los tiempos, a pesar de que le reconocía ciertos errores que, vistos desde la perspectiva actual, podrían calificarse como aberrantes. Pero existe algo dentro de este anime que puede definirse con esa tan peligrosa palabra como es… “especial”.

Bien es cierto que estoy hablando de una de las series de mi infancia; de las que me hicieron amar y respetar el manganime como un género narrativo que iba mucho más allá del concepto pueril que por entonces se tenía por estos lares de la animación. Un factor del que no cabe la menor duda de que afecta en gran medida a mi objetividad e imparcialidad y que, por lo tanto, podría llevarme a la tentación de exagerar sus virtudes y obviar sus defectos, como en tantas otras ocasiones surge por parte de los seguidores de un producto en concreto.

Por ello voy a intentar analizarla como si fuese la primera vez que mis ojos la contemplan, aunque sin eludir las necesarias reseñas de contextualización temporal imprescindibles para comprender su importancia y la calidad intrínseca de lo que en ella se hallaba, más de dos décadas después de su nacimiento. Así pues, y sin mayor dilación, demos paso a la que fue la primera gran obra maestra de dos nombres que darían mucho que hablar en años venideros hasta el punto de alcanzar una notoriedad sólo comparable al de figuras como Toriyama o sellos como Toei: Hideaki Anno y GAINAX.

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