Gracias

GraciasAzumanga

Bien, la verdad es que no sé muy bien cómo empezar, más o menos como siempre ocurre en estos casos. Esperaba de hecho a tener la confirmación oficial de lo que ya sabemos todos los que nos embarcamos en la aventura en la que yo me enrolé, pero creo que ésta se va a demorar y, con sinceridad, no me apetecía esperar más a contar esto. Así que lo que tenéis después del “Leer Más” no es una entrada relacionada con la animación japonesa ni tampoco con los videojuegos, sino simplemente es algo personal, tal y como sucedía con el post que tenéis bajo estas líneas y que redacté hace más o menos un mes y medio.

Volveré a escribir, no os quepa duda, pero antes de hacerlo tenía que contar lo que vais a ver y quería además que quedase por escrito. ¿Por qué? No lo sé, tal vez para hacer honor a lo que un día fui; a aquella época en la que redactaba textos sin apenas soporte visual en los tiempos en los que la gente leía sobre un papel y no sobre una tableta y que tan lejanos me parecen. Con lo cual, me temo que lo que hay a continuación no es algo de interés para nadie al que yo le cause indiferencia. Pero a los que no sea así, puede que esto les sea de su agrado, pero sólo al final. Es simplemente el resumen de una larga historia que ha llegado a su final… o que tal vez ha alcanzado su principio. No lo sé.

Con lo anterior, no es difícil de deducir que esto no creo que lo lea demasiada gente. Nunca he sido nadie importante y no creo que lo llegue a ser jamás y eso es algo bueno, mejor de lo que el común de los mortales pueda llegar a pensar. Pero no me entretendré mucho más aparte de que hay veces que uno debe compartir ciertas cosas, especialmente con lo que considera su familia, y muchos de vosotros sois lo más parecido que he tenido nunca a tener o formar una. Y en el fondo, nadie está obligado a leerlo, pero en el caso de que alguien se decida hacerlo tendrá sin lugar a dudas mi gratitud.

Por empezar por algún sitio diré que tiene su gracia esto de cómo vas resistiendo a lo largo de tu vida cosas terribles sin que apenas te afecten y cómo otras, sin embargo, acaban contigo cuando en teoría no deberían ser para tanto. A mí me ocurrió un 22 de febrero de 2009. Poco importa ya lo que sucedió. Sólo sé que yo durante muchos años me pregunté si aquélla era la fecha de mi defunción o no. Suena peliculero, pero no lo es. A veces, un sólo hecho puede acabar contigo espiritualmente hablando aunque sigas vivo físicamente y yo aquel día dejé de existir, o al menos de hacerlo tal y como era.

Por entonces era periodista y ello, por ejemplo, me convertía en un tipo sin ningún tipo de pudor a la hora de acercarme a la gente y preguntarles las cosas más inesperadas e incómodas, sin que para mí tuviese algún sentido la palabra “vergüenza”. Pero después de aquello no quería ver a nadie, no quería hablar con nadie y, en definitiva, no quería convivir con nadie. ¿Acaso no era eso estar muerto? La otra opción para descartar esa hipótesis era que consciente o inconscientemente buscaba la soledad, y eso en aquel momento era imposible para mí, puesto que aquella fecha maldita me reportó no sólo el mayor disgusto de mi vida, sino también una desagradable compañía a la que yo bauticé como “el monstruo” y que me acompañaría, me gustase o no, durante casi seis años.

Es verdad que en aquella época me tomaba a la tremenda y con cierta inmadurez determinados batacazos que en lo personal me había llevado, pero no dejaban de ser pataletas de un niño grande que más tarde o más temprano superaba sin demasiados problemas. Pero aquello era completamente distinto. Se trataba de una depresión, esa extraña enfermedad de la que tanto se habla sin saber y que te carcome lenta y dolorosamente sin que puedas hacer nada aparte de esperar que el tiempo haga su trabajo liquidándola… si es que no acaba antes contigo. Pero ésa es la vía fácil y esa clase de caminos y yo somos simplemente incompatibles. No obstante, todavía es demasiado pronto para hablar de ello con toda su crudeza, porque por entonces lo peor estaba por llegar por mucho que yo pensase que aquello era imposible.

Por lo pronto, lo primero que hice fue irme de Valladolid. Se mirase por donde se mirase, esa ciudad y yo no éramos compatibles y aunque en mi carnet ponga que soy de allí, nunca me sentí pucelano. Hoy, con el paso de los años, pienso de otra manera más abierta y conciliadora, pero en aquel momento mis sentimientos hacia el lugar que me vio nacer eran muy negativos. Sentía que por allí se me habían robado etapas fundamentales de mi vida que nadie me devolvería y que su gente no me miraba con buenos ojos. Y sí, es verdad que todo ello eran opiniones subjetivas, pero dudo que la realidad objetiva distase demasiado de aquello, por lo que cerré para siempre mi etapa en aquella zona y me dispuse a vivir en la capital de la que siempre me había sentido parte aunque en realidad no era: Zamora.

Necesitaba desconectar de todo lo que había sido mi vida hasta entonces y me puse a hacer lo que no había podido en mi antigua ciudad y aprobar algunas de mis asignaturas pendientes como por ejemplo el carnet de conducir. Sin embargo, pronto me di cuenta de algo mucho peor… como era el que ya no podía escribir. Creo que salvo por un artículo que redacté a regañadientes para un periódico local y algún comentario por DeviantArt, no era capaz de crear o de hilvanar texto coherente alguno. Es más, cada vez que presionaba las teclas sentía como si me asestasen una puñalada. Y eso para alguien que en aquel momento era periodista significaba estar lisiado.

Imaginaos cuando para colmo descubrí lo que he dicho unos párrafos más atrás: que ya no me apetecía ver a ser humano alguno. No deseaba relacionarme con nadie, no quería entablar amistad con nadie y bajo ningún concepto quería volver a querer a nadie y ello para alguien cuyo trabajo era localizar, presenciar y narrar historias era un problema. No era tanto una cuestión de encontrar un empleo de los que tanto escasean en España como de que simplemente no podía desempeñar mi antigua profesión, y ello, insisto, para mí era lo más cercano que existía a estar muerto que pudiese imaginar. Tenía que lograr como fuese recuperar esa capacidad y lo logré de la manera más insospechada que a uno se le pueda imaginar: hice el Camino de Santiago solo.

En aquella peripecia mi piel quedó completamente achicharrada en la etapa que enlazaba Astorga con Ponferrada, me caí por una cuneta cuando descendía por El Cebreiro y llegué a Compostela con un aspecto más propio del de Stanley tras volver del río Congo que de un peregrino. Y no, no se cumplió nada de lo que pedí, pero curiosamente pude redactar una vez más y, finalmente, tras las Navidades de aquel año decidí reabrir este blog. Por lo que es en esto en donde encontraréis la explicación de la falta total de archivos que existen desde febrero de 2009 hasta principios de 2010. Podía en definitiva volver a redactar cosas y poco a poco volví a recuperar la práctica. Pero esas “cosas” eran animes y videojuegos y eso no era suficiente. Debía recuperar mi Humanidad y no sabía cómo, aunque intuía que no iba a ser algo precisamente sencillo y debía empezar desde cero… algo así como cuando a Forrest Gump, sin saber por qué, le dio por empezar a correr después de que Jenny lo abandonase y así recorrió durante más de dos años Estados Unidos.

A mí me ocurrió un día cualquiera cuando, en mitad de unas clases de francés a las que por aquel entonces me había apuntado, una compañera que acababa de cumplir los 18 años y que cursaba Segundo de Bachillerato empezó a comentarnos a todos los que estábamos en aquel aula ciertas cosas sobre cómo se estaba preparando para entrar en la Universidad y sobre que aquello le parecía la entrada a otro mundo. Yo ya sabía lo que era aquello y no quise decepcionar su ilusión adolescente hablándole del desengaño que supone esa etapa de la vida y lo particularmente mal que se encuentra en España. Pero, al volver a casa, pensé que sus palabras eran más sabias de lo que en un principio podía imaginarme y decidí que yo también haría lo mismo. Insisto en que por entonces estaba anulado casi por completo y salvo por anécdotas como ésa, mis ganas de interactuar con mis semejantes eran nulas, pero en vez de matricularme en una Universidad On-line, como hacía la gente de mi edad, tomé la decisión de que lo haría de manera presencial. Y además sabía qué iba a hacer…

¿Cómo pudo suceder algo así? Siempre he pensado que las cosas no ocurren por casualidad. El mundo del Derecho se metió en mi vida por accidente y poco a poco comenzó a interesarme. Pero de ahí a ponerme a estudiar otra carrera… Posiblemente era una locura y una insensatez, máxime teniendo en cuenta el estado en el que me encontraba. De hecho nadie en su sano juicio apostaba porque yo fuese capaz de hacerlo y motivos no les faltaban. Además yo siempre juré y perjuré que si había algo que jamás estudiaría era eso. Es más, les tenía una enorme antipatía a los abogados desde los tiempos en los que me apuntaron a un “colegio de curas” en el que todos los padres eran “abogado, médico o ingeniero” y todos mis compañeros aspiraban a heredar el trabajo de su padre. ¿Y me iba a convertir ahora en uno de ellos? Sonaba ridículo. Todos decían que caería en algún momento y mucho antes de llegar a la meta.

Imaginad ahora la cara que pusieron los pocos con los que todavía me relacionaba cuando encima dije que la iba a cursar en Salamanca y no en Valladolid. Una vez más, todo el mundo me dijo que si trataba de algún tipo de broma porque TODO, absolutamente TODO apuntaba a mi fracaso, empezando por el hecho de que me metí justamente en el primer año en el que se empezaba a aplicar el sistema de Bolonia en Castilla y León y, lo que es peor, un nuevo sistema de acceso a la Universidad en los que los tipos como yo (que venía del BUP y del COU, en los que como mucho aspirábamos a un 9,5 de nota máxima) teníamos que competir con alumnos cuya nota de acceso se calculaba ya no sobre diez, sino sobre catorce. Algo a lo que se añadía el que yo era de ciencias mientras todos mis rivales eran de letras. Sí, estoy diciendo, en definitiva, que tuve dificultades desde el primer momento, porque yo no quise entrar mediante el sistema con el que los titulados solicitan acceder, sino con el tradicional.

Y así comenzaba una Odisea. Yo, un tipo que por entonces contaba con 29 años tuve que volver a aprender cómo se vivía entre muchachos de 18, 19 ó 20 años como mucho. Aunque, claro, lo primero que debo aclarar es que yo en aquel tiempo no estaba muy por la labor de integrarme. Me ponía en primera fila y me desentendía por completo de los demás. Utilizaba de hecho la frase “no existe mundo a mis espaldas” para recordarme a qué había venido. Tenía que convertirme en “picapleitos”, como yo decía de pequeño, y todo lo que no fuese aquel interés sobraba para mí. Especialmente para un curso como Primero en el que, para qué nos vamos a engañar, como en toda carrera lo que se busca es purgar. Pero el caso es que lo conseguí. Acabé aquel primer año con unos resultados brillantes… Y entonces ocurrió.

Con todo lo que os estoy contando, me había ido olvidando de “el monstruo” pero por su parte no se olvidaría de recordarme que él no había hecho lo propio conmigo. Un día, a finales de junio de 2011 y en un sitio público y a la vista de todo el mundo, descubrí algo que me atravesó el pecho como si de una lanzada se tratase. Sí, suena artificialmente melodramático, pero fue lo que ocurrió. La depresión se había apoderado de nuevo de mí y recrudecido hasta unos extremos que yo creía desconocidos y si quería acabar la carrera tenía que sacar fuerzas de donde no las tenía como si no bastase con hacer lo propio con el dinero. Hubo, por cierto, quien me veía tan mal que pensó que no pasaría de aquel verano. Pero intenté no dejarme derrotar, no dejé de escribir y cuando volví a clase hice de tripas corazón, aunque jamás volví a ser el mismo y mi rendimiento se mermó a pesar de mis esfuerzos.

A todo esto, Zamora y Salamanca están separadas por 69 kilómetros, y ello implicaba tener que emplear al menos un par de horas al día en desplazamientos. Y creedme, no tiene nada que ver con el metro de las grandes ciudades, que es bastante más rápido, más barato y, si se me permite, más divertido. Aquí había que coger un autobús o el coche y patear kilómetros una vez llegado al sitio en el que podías aparcar o a la estación. Todo ello sin contar con los horarios, porque había clases que tenía a las ocho de la mañana o algunas que acababan a las nueve de la noche. Era agotador. Lo hice así porque pensaba por entonces que quería hacer la carrera “como la hacían los chicos de Zamora”. Claro, que lo que yo no sabía es que eso lo hacían un año o dos como mucho y después se buscaban un piso por allí. Yo lo hice desde el principio hasta el final y os aseguro que con una compañía tan desagradable como la que os he descrito en el párrafo anterior, lo último que quería era levantarme de la cama… como para meterme encima en un autobús.

Naturalmente todo ello le pasó factura a mi cuerpo y terminé por pesar más de 100 kilos por culpa de ese “canalla” (como decía yo) que día a día machacaba mi mente. Y como suele ser habitual en esos casos, todo fue de mal en peor. Ya dije con anterioridad que la carrera distó mucho de ser un viaje plácido para mí, que la travesía hasta el TFG fue una Odisea en el sentido más estricto del término y tuve toda clase de dificultades para hacer llegar la nave a Ítaca… o mejor dicho, hasta que conseguí llegar hecho unos zorros a la playa de la isla, porque allí me esperarían más y más dificultades. Tan es así que fueron dos las ocasiones en las que todo estuvo a punto de irse por la borda… Pero aquí me gustaría hacer un inciso.

En alguna ocasión dije por aquí que nadie en la vida me enseñó a ser un hombre. A mí me criaron mi madre y mi abuela y tuve que aprender hasta las cosas más cotidianas de lo que significaba esa palabra por mí mismo (desde asuntos tan livianos como afeitarme o vestirme hasta más serios sobre cómo capear temporales). Y para paliar esas carencias tuve que buscar referentes tanto en la Historia como en la Literatura… Y en ésas estaba cuando… cayó en mis manos “La Ilíada” y pensé que tendría que ser como Héctor “el domador de caballos”, soldado valiente, piadoso, padre de familia ejemplar y compendio de todas las virtudes que un ser humano pudiese atesorar. Sin embargo, al llegar al Canto XXII del libro, descubrí que moría a manos del pélida Aquiles “el de los pies ligeros”, mujeriego, violento y vividor impío que pese a su talento con las armas no merecía ni la calificación de despojo humano. Aquello me mostró por primera vez una dura realidad que nunca he querido ver del todo: la de que los “buenos” terminan siempre malogrados por los “malos”. Bueno, eso y que los que hablan de ese libro sin saber piensan que lo del Caballo de Troya se cuenta en él, pero ése es otro asunto.

Tal vez por ello me decían que era mejor que leyese “La Odisea” porque se mirase por donde se mirase yo era más identificable con su protagonista, puesto que yo no era fuerte, admirado o querido, pero al menos tenía una buena oratoria. Y efectivamente, creo que yo me parecía más a Ulises, aunque más por lo cabezota que por lo astuto. Pero frente a eso me dijeron que ya el tiempo me daría la astucia y que con los años aprendería a hablar de un modo parecido. No obstante, había una cosa que siempre debía tener presente. Odiseo jamás hubiese concluido su viaje de no ser por Atenea y su fiel mensajero Hermes. Es decir, en ciertas ocasiones sólo la ayuda divina consigue salvarte por muy inteligente o pulcro que seas y muchas son las páginas del libro en las que se puede adivinar esa verdad. En mi caso, la primera vez me salvó la poca astucia que puedo llegar a tener. La segunda fue cosa de Dios. Y por favor, si digo que fue cosa del de Arriba es porque lo fue, porque sé perfectamente quién fue la que me salvó, aunque nunca me lo haya confirmado.

Sé quién o quiénes estuvieron a mi lado cuando las fuerzas me faltaban, pero también sé quiénes me abandonaron a mi suerte, desde alguien al que yo durante toda mi vida había llamado “hermano” hasta alguien a quien quise pedir auxilio y que me respondió un “espero que tu situación mejore” sin preocuparse siquiera por lo que estaba ocurriendo. Y eso sí que os puedo asegurar que duele y a lo que nunca te acostumbras por mucho tiempo que pase, pero son cosas a las que hay que sobreponerse. Eso quiere decir que no me enfrenté únicamente a asignaturas difíciles de aprobar precisamente, pero bien está lo que bien acaba y no me apetece desenterrar temas que están mejor en el olvido.

Si os pensáis que hubo un solo momento de paz estáis en un error. Me tocó pelear por el Grado de Derecho hasta el último segundo y no es un decir, y para colmo tenía que hacer frente a una nueva batalla: la de conseguir dinero para pagarme el Máster de Acceso a la Abogacía porque yo no tenía derecho a beca alguna. Aquello sí que merecería un capítulo aparte puesto que la nota me sobraba, pero el dinero no, pagar uno de estos cursos no es precisamente barato y encontrar un trabajo por estas zonas es peor que buscar el Santo Grial. Esto también merecería un capítulo aparte, pero por no alargar esta entrada innecesariamente, me conformo con decir que el caso es que también logré ese objetivo. Sin embargo había algo que fallaba.

Un día, poco antes de comenzar, me dijeron que si realmente quería una toga tenía que deshacerme del lastre que llevaba conmigo. Ya no podía “asimilar” la convivencia con “el monstruo”; debía acabar con él, y lo hice. Me machaqué a correr desde entonces y todos los días una rutina brutal de ejercicios hasta que perdí veinte kilos en dos meses por mi cuenta y, mientras, lo ahogaba a base de trabajar, trabajar y, cuando había terminado, trabajar… hasta que un día desapareció para no volver jamás. Y cuando lo hizo, dejé de sentir pena por mí mismo y empecé a estudiar como si la vida me fuese en ello al tiempo que aprendí el oficio a marchas forzadas.

Aquí tengo que ser claro. No tengo más que palabras de agradecimiento para la gente que trabajaba en los juzgados de Zamora, puesto que ellos fueron mi verdadero máster y mis verdaderos mentores. Cuantísimo aprendí a su lado y cuánto me enseñaron esos juicios que aquí llamamos “sota, caballo y rey”. Y entre medias ocurrió. Un día, delante de mis narices, entró en los juzgados un tipo que había cometido un delito relacionado con la Seguridad Vial en el que objetivamente se puso en peligro la vida del resto de usuarios de la vía. Sí, la había “armado parda” y además era culpable sin ningún género de dudas. Pero fue la primera vez que vi a un hombre engrilletado, o al menos de una manera tan clara y cercana y nunca olvidaré lo que pensé.

Un tiempo después decidí que, a pesar de que en mi Currículum puede verse que soy especialista en Derecho Civil, y más concretamente en Familia y Sucesiones, terminé especializándome en Derecho Penal. Me gustaría que constase en acta que siempre he detestado ese orden jurisdiccional, pero de alguna manera creo que, a veces, hay gente que comete un error y merece una segunda oportunidad. Incluso podríamos decir que pensé que podría intentar hacer que cambiasen, pero eso ya sé que es imposible. En el fondo, muchos de los que se meten en “el lado oscuro” no salen de él jamás, pero me hizo gracia darme cuenta de eso; de que incluso a mis años a veces pienso como un adolescente.

Así pues, sí, se supone que lo mío tendrían que ser los divorcios, pero en realidad soy Penalista, y para colmo en el papel de defensa, cuando toda la vida yo había “ido de Fiscal”, aunque sé que todavía me queda un largo camino por recorrer hasta poder enfrentarme debidamente al Ministerio Público. En realidad, todo el que me conoce y sabe cómo era yo “lo flipa” pero cuando te das cuenta de cómo se ha puesto esa rama de nuestro ordenamiento jurídico, te das cuenta de que efectivamente son más necesarios que nunca ese tipo de letrados, a pesar de que nos movemos por el reverso tenebroso de la conciencia humana.

Y finalmente, tras acabar la Pasantía y el Máster, llegó el día del examen en el que me lo jugaba todo. Fue el pasado 27 de febrero e, irónicamente, tuvo lugar en Valladolid y no en Madrid como en un principio creíamos. Reconozco que la cosa tuvo su pitorreo. La ciudad que me vio nacer, de la que me exilié y en la que me negué a estudiar Derecho iba a ser en la que iba a decidirse todo… y para variar… ¿Lo adivináis? Tenía que tropezarme con una dificultad añadida puesto que una compañera me dejó un par de días antes para el arrastre (no lo hizo a propósito, que conste) en el sentido más estricto del término y tuve que hacer el examen en una de las condiciones más deplorables en las que me he encontrado en toda mi vida, sin miedo alguno a exagerar. Pero a pesar de todo conseguí aguantar y resolver una a una todas las cuestiones que se me formularon.

Irónicamente, fue todo como en Slumdog Millionaire. Pregunta a pregunta, eran todo cosas como las que había visto una y mil veces en los muchos juicios a los que acudí a aprender. Viendo el examen no me lo podía creer. Era como si todo hubiese estado predestinado, como si cada juicio extraño al que había acudido, me hubiese guiado en realidad para hacer la prueba. Fue un milagro. Estaba casi inconsciente pero me estaban preguntando todo lo que fui presenciando de carambola en los juzgados, y estaba sucediendo ante mis propios ojos. Estaba medio muerto, y sin embargo podía ganar algo que todo apuntaba a que iba a perder… y gané. No me lo podía creer. Tuve que ver varias veces la plantilla de respuestas y lo que yo había respondido. Había aprobado y lo había hecho con nota. Y pensé, ¿tal vez así Pucela me estaba ofreciendo hacer las paces?

Pero pese a todo lo anterior, tal vez os hayáis dado cuenta de que no escribo precisamente con placer y me vais a permitir que reserve para mí los motivos por los que me encuentro abatido. Pero al margen de esto, si hay algo que me apena es comprobar el profundo nepotismo de la sociedad en la que vivo. En mi caso, efectivamente se podría decir que he cumplido con todos los sacramentos necesarios para ser abogado y, aunque evidentemente me queda mucho por aprender, creo que puedo hacer bien ese trabajo. Y sí, tengo buenas notas en el expediente, tengo buenos maestros y buena cabeza para enfocar las cosas. Pero en estas tierras me temo que eso no importa porque lo que se presenta no es el Currículum, sino el árbol genealógico.

Yo no soy hijo de nadie importante ni pertenezco a una familia de abogados o de juristas. Soy un chico de pueblo que se ha tenido que ganar hasta las cosas más sencillas trabajando al máximo, y eso aquí no cuenta. Lo realmente trascendente por esta zona es que tu padre sea abogado, porque entonces tendrás despacho en el que ejercer y, cuando se jubile, heredarás sus clientes. Y con esto no quiero que se me interprete mal. Algunos de los letrados a los que más admiro y respeto tuvieron como maestros a sus padres. Sin embargo, eso no es tan sencillo para mí puesto que, para empezar, tendré que trabajarme como un auténtico animal algo tan obvio y elemental para muchos como el Turno de Oficio, y que precisamente por ello algunos no valoran.

Hablo de que todo parece estar hilvanado para que la profesión quede siempre en manos de un grupo muy concreto de gente y de familias y que los ajenos a ellas no tengamos acceso real a la misma y ello tiene unas consecuencias realmente maliciosas. Un ejemplo es una pregunta que siempre me he planteado: ¿Si yo me equivocase en la defensa de un pleito… tendría eso las mismas consecuencias de las que tendría si mi mismo error lo cometiese el tercer o cuarto eslabón de una saga de letrados? Sobre el papel sí, pero pensar de esa manera sería verdaderamente ingenuo… y creo que es mejor dejarlo ahí.

Tampoco tengo enchufes de ningún tipo. Siempre me he mantenido al margen de lobbies o de las pandas de amigos que se unen para promocionarse entre sí y, por supuesto, no estoy liado ni soy amante de nadie influyente. Yo soy un currante y mi único aval es mi capacidad para trabajar… y para pelear. Puedo quedarme días enteros sin salir de casa preparando una defensa, puedo tirarme noches interminables sin dormir mirando y consultando jurisprudencia infumable que marearía al más fuerte, puedo estudiar al defendido y a la otra parte o conocerlos mejor que a mí mismo, analizar los interrogatorios y machacar al contrario… pero ¿acaso importa? Lo importante es todo lo anterior… y ésa es simplemente es la verdad.

Soy un Pasha Antipov, y tal y como decía el malvado Victor Komarovsky en Doctor Zhivago, como tal pertenezco a una clase muy concreta de hombres a los que la gente dice admirar pero que en realidad desprecia. De ésos que tienen unos ideales que no venden ni siquiera al partido al que pertenecen, que se mantienen leales a ellos hasta el final y a los que el dinero les importa francamente poco; no mucho más allá que lo que exijan sus necesidades vitales. Pero, ¿acaso no veis lo que el común de los mortales elige para sus amistades o como sus parejas? Pensad cinco minutos en qué clase de individuos son, sin ir más lejos, los youtubers más populares de España y la clase de vida que llevan. Tiene su gracia porque muchos de ellos pertenecen al arquetipo de seres humanos que a mí me vendieron que había que evitar ser: vagos, maleducados, juerguistas, vividores, estúpidos, ignorantes, aprovechados o, en una palabra, “gentuza”. Pero el caso es que todos ellos están ahí única y exclusivamente porque la audiencia libre y democráticamente lo ha elegido.

¿Y entonces la solución es opositar? ¿A esas oposiciones que se cacarean tanto en época electoral a las que se presentan de 40 hasta Dios sabe cuántos por cada plaza ofertada y que te pueden tener años en el dique seco sin que se obtenga nada? No puedo descartar hacerlo, pero es que no quiero, o al menos no me gustaría tener que hacerlo. He sudado sangre para tener una toga. No es de las que tienen puñetas como las de un magistrado, ni lleva un escudo como las de los miembros de la Fiscalía o la Abogacía del Estado, pero es la mía y no la he conseguido para que quede huérfana, sino para plantarles cara en un juicio, lo que no deja de ser irónico puesto que todo el mundo me dice que sería un buen fiscal. No obstante, sinceramente no tengo cinco años en los que enterrarme en vida para lograrlo.

Es casi imposible por lo tanto que yo pueda ganarme la vida como abogado, pero no imposible del todo, aunque ya haya dejado de intentar alcanzar quimeras (como hice hasta hace año y medio), si hay algo en lo que no he cambiado es en que JAMÁS he abandonado causa alguna en la que creyese si existía la menor posibilidad de éxito… aunque fuese una entre un trillón. Lucharé y casi con toda probabilidad caeré, pero lo haré con la cabeza alta y con dignidad, y no de rodillas y con las orejas gachas como ciertas personas querían. Aunque no es el sentir una derrota casi segura lo que me tiene triste y apenado. En el fondo esto de lo que os hablo depende de mi trabajo y de mi esfuerzo y soy demasiado terco como para dejar que algo así me atemorice.

Si en realidad os dijese lo que está haciendo que pierda el sueño por las noches y que se me vea triste y cabizbajo posiblemente pensaríais, segunda vez que lo digo, que soy un adolescente. Pero no lo soy, ni el asunto es tan frívolo para mi, porque con él se me está escapando la vida entre los dedos. Y sí, es irónico que me mantenga impávido ante cosas terribles que volverían loco a cualquiera y sin embargo me derrumbe ante cosas sin una aparente importancia pero así es. Desgraciadamente hay cosas vitales para mí, pero en las cuales poco importa mi trabajo y mi esfuerzo, o que sea más o menos inteligente. Hay cosas terriblemente importantes para mí que sólo dependen de un milagro y eso es cosa de Dios, y en esta ocasión me gustaría que en verdad escuchase mis plegarias y las aceptase. Ése es el verdadero motivo de amargura para mí.

De cualquier modo y aunque por el momento no obtenga lo que verdaderamente necesito y que me encuentre roto por el dolor, he conseguido la mayor victoria de mi vida en el contexto de lo que para mí ha sido una guerra larga y cruel. Cada uno de los años que duró pesan sobre mis hombros como si de siglos se tratasen, la soledad en la que he tenido que lidiar las peores de sus batallas ha hecho que sienta algo similar a si mi espalda se encontrase llena de cicatrices de puñaladas y latigazos y, para colmo, al llegar a las playas de Ítaca, y al igual que Ulises, soy un mendigo y tengo que conquistarlo todo. Y aunque esté completamente destruido no me queda más remedio que buscar fuerzas de donde no las tengo y seguir luchando hasta mi último aliento… y no sé cómo voy a hacerlo en el estado en el que me encuentro, cuando ni yo tengo su arco, ni me espera una fiel Penélope, ni me apoya ningún Telémaco.

¿Lo que he obtenido es por lo tanto una victoria, o algo pírrico que pronostica una derrota sin paliativos? Posiblemente sea lo segundo, pero fuere como fuere, os quiero dar las gracias porque, importante o no, he llegado hasta aquí y no lo habría conseguido si no os hubiese tenido a mi lado, aunque fuese desde la distancia. Y cuando pronuncio la palabra “gracias” en este título no me refiero a ese formalismo que siempre se suelta para quedar bien y que se encuentra vacío de significado. Hablo de una gratitud real; de un sentimiento profundo de cariño y amistad porque vosotros no me habéis juzgado por cuánto dinero tengo o dejo de tener, o habladurías interesadas, o por mi familia, o por mi popularidad, o por mi buena o mala fama, o por mi ideología, o por si soy guapo o feo. Lo habéis hecho por mi trabajo.

Nadie a lo largo de mi vida me ha regalado nada, ni siquiera las cosas más elementales. He tenido que luchar a brazo partido por lo que otros conseguían sin ningún tipo de esfuerzo por el simple hecho de nacer, ni en momentos como éste he tenido un solo segundo de paz o de sosiego y se me han negado las cosas más básicas y nimias que hacen de la vida algo que merezca la pena ser vivido. Pero sea como sea estoy vivo y, aunque mi carnet diga otra cosa, tengo siete años y un mes de vida. Porque en aquella fecha maldita murió el hombre que ocupaba mi cuerpo y nací yo. No soy por lo tanto un lobo decapitado que recuperó su cabeza como siempre creí, sino otro distinto, un lobo de cuerpo entero que durante muchos años le lloró porque nadie iba a hacerlo. No es una buena historia, pero es la mía.

No sé el motivo por el que Dios me ha mantenido con vida y me ha hecho llegar hasta aquí, la playa de Ítaca, náufrago, casi desnudo, sin apoyos, sin fuerzas y sin más armas que mi cabeza. Pero sí sé que, si quiero ganarme la vida con la toga, no me queda más remedio que seguir luchando y disputar una guerra que con toda evidencia no puedo ganar tal y como me encuentro… y que, en su partida de ajedrez, posiblemente yo no llego ni al nivel de un peón. Y precisamente por ello, Él sabe perfectamente qué necesito y que está en sus manos y no en las mías que me lo conceda, ya no para hacerme con la victoria, sino al menos para sobrevivir, por lo que únicamente dependerá de Él y de su voluntad si caigo o no.