Un verano en el desierto castellano (con libros de por medio)

Se dice que Cicerón afirmó en una ocasión que los tiempos que le tocó vivir eran malos porque nadie obedecía a sus padres y porque todo el mundo escribía libros, y no le faltaba razón. La República de Roma se había sumido en toda clase de dictaduras y triunviratos que desembocarían en varias guerras civiles que desangrarían a la ciudad y sus provincias y que traerían como principal consecuencia el Imperio. Por ello, me hallaba yo meditando sobre estas palabras (y si las mismas eran o no aplicables a la lamentable realidad española actual) y me dio por hacer el vídeo que tenéis sobre estas líneas. La verdad es que no aporta demasiado al panorama de las letras hispanas, pero si alguien se encuentra tan aburrido como yo, es posible que lo encuentre de utilidad a pesar de que no descubra, ni muchísimo menos, nada interesante… excepto el asombroso y monumental hastío que por estas fechas me abruma.

Los días por estos lares son largos, tediosos, aciagos y milimétricamente similares los unos respecto a los otros. Una nada que se extiende a lo largo de cientos y cientos de kilómetros en los que tu única compañía es la soledad y un Sol inclemente que parece no abandonarte ni cuando llega la noche y el termómetro no baja de los treinta grados. Y para refrescarme, lo único que tengo a mano son… libros, libros y más libros. Llevo años estudiando Derecho como un auténtico loco y la mayor parte de ellos sin darme descanso alguno. De hecho, lo más parecido que he tenido a unas vacaciones durante los últimos tiempos, coincidió más o menos con los anteriores Juegos Olímpicos.

Muchas veces, durante estos días, me pongo delante de los escaparates de las agencias de viajes de mi ciudad y miro con envidia los destinos que ofrecen, con la intención de tener al menos esa semana de descanso que todo el mundo se merece… o al menos parece merecerse, dado que yo no puedo disfrutar de unas. No os podéis imaginar lo mucho que necesito sentir el mar, o simplemente ver algo de verde. En realidad, cualquier cosa es mejor que ver morir una ciudad que a nadie le importa, y en la que todo se encuentra tan sumamente mal administrado que algunos, con su desidia, parecen querer convertir la roña de algunas de sus calles en Patrimonio de la Humanidad.

Esto es lo más parecido que he tenido este año a un “chapuzón

Sé que todavía el año que viene estaré aquí, pero no sé qué haré cuando estemos más o menos a estas alturas de 2017. Pienso en tantas cosas, que me resulta difícil saber qué debo hacer y cómo obrar. Todo sería más fácil si la vida fuese justa, pero no lo es. Es tal vez una de las primeras cosas que aprendí al pasar a la edad adulta. Hay gente que tiene suerte y gente que no la tiene, y mientras los primeros pueden hacer impunemente cosas terribles que a cualquier otro lo conducirían al ostracismo y a la soledad, los segundos tienen que esforzarse bastante más para obtener cosas nimias y sus errores, por insignificantes que sean, les son cobrados a precio de oro. Crecer significa saber en cuál de los dos grupos te encuentras y en aprender a jugar con las cartas que se les dispensan a cada uno de ellos. Y lo cierto es que, con mi mano, lo único que puedo hacer en estos momentos es “esperar y ver”.

Me siento como el capitán Willard cuando, tumbado en la cama de un hotel de Saigón, pedía a voz en grito una misión; aquélla que por sus pecados (como decía la primera versión doblada al castellano) le iba a ser concedida y que le llevaría a enfrentarse en un duelo a muerte con esa especie de semidiós llamado Walter Kurtz, no sin antes superar una terrible remontada a un río vietnamita que se llevará la vida de la mayoría de sus hombres y que dejó pequeño a aquel sobrecogedor Congo que describía el “Heart of Darkness” en el que estaba inspirado. Entiendo su angustia, su impaciencia y su desesperación. Ésa que sólo puedes llegar a sentir en mitad de un vacío que nada puede llenar. Pero hay que sobrevivir, y para ello mi única vía es la de correr.

Es curioso todo el abanico de miradas que colecciono cuando me pongo las deportivas y salgo a entrenar. Algunos se quedan con el hecho de que salgo cuando el Sol está en todo lo alto mientras que otros dicen que lo hago a horas intempestivas. Lo cierto es que ambos tienen razón. Un sábado de abril, concretamente el día 16, me puse a “galopar” como un descosido después de comer y, cuando llegó la noche, me dio por volver a hacerlo y así estuve hasta las tantas de la mañana recorriendo a toda pastilla las aceras de la ciudad de un extremo al otro sin saber muy bien por qué no podía detenerme ni cuál era la razón de que no me cansase, a pesar de que entre unas cosas y otras hice un maratón en aquel día sin estar preparado ni encontrar una explicación para ello.

El habitual fresquito de las noches de mi ciudad

Por el momento puedo decir que hacer cosas como ésas es lo único que me mantiene cuerdo en mitad de esta crisis salvaje en la que en lo político nadie parece saber discernir entre lo serio, lo lunático o lo directamente imbécil, y en la que, en lo económico, el único puesto de trabajo real lo dispensa una oposición tan sobresaturada de aspirantes que convierte en probable cualquier sorteo de Lotería por inaccesible que antaño pudiese parecer. Eso sin contar con el bochornoso espectáculo de ver cómo un país que amas, llena sus instituciones, medios de comunicación y puestos influyentes de chiflados, pesebreros y demagogos de todo tipo y condición, para contentar los alaridos de turbas anónimas de Twitter cuyos integrantes se dedican a hablar y dar lecciones sobre miseria, malnutrición y desahucios, iPhone de 700€ en mano.

Frente a este panorama delirante, y esta situación de impasse en la que me encuentro, machacarse a correr es una forma de no pensar como cualquier otra. Simplemente, empiezo a tener los suficientes años como para saber que vamos de mal en peor en todos y cada uno de los aspectos y que cuando pienso que no podemos caer más bajo, siempre hay alguien que rápidamente me saca de mi error. Eso, y que necesito urgentemente que llegue el invierno, aunque no sea más que para volver a tener mi mente ocupada en algo que no sea en el Derecho… y en toda la discografía de Estopa que, entre unas cosas y otras, estoy continuamente escuchando… voluntariamente, dicho sea de paso.

Aprovecharé por lo tanto estos días de parón para escribir… O mejor dicho, para indagar en si todavía hay cosas en las que creo o con las que disfruto, puesto que salvo por las películas de Madoka, este verano me ha abandonado hasta la melancolía y mi único divertimento (ajeno a la temática sobre la que versa este blog) consiste en salir a la calle y reflexionar sobre si está tan vacía porque el aire se ha vuelto fuego valyrio o si simplemente no me he enterado de que se ha arrojado una Bomba H un día de los muchos en los que me estoy muriendo de asco entre una montaña de libros, y puedo decir que “Soy Leyenda” más o menos como pasaba con Will Smith. Fuere como fuere, por el momento son muchas las cosas sobre las que tengo que escribir, y muy poco el tiempo del que dispongo para ello y haré todo lo que esté en mis manos para poder seguir haciéndolo, al menos, hasta el año que viene.

Aburridamente vuestro.

Javi.