Okuribito, el canto mortuorio a la vida de Yojiro Takita

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– ¿Está rico? – ¡Delicioso! Por cierto, ¿has traído el chelo? – ¡Quiero oírte tocar! – Pero sólo un poco ¿eh? – Nunca he oído a un violonchelista en directo. – ¿Eras músico de orquesta? – Sí, estaba en una, pero se disolvió. – ¿Y cuándo empezaste a tocar? – En párvulos. – ¿Desde hace tanto? – Sí, este chelo es de niño. Fue mi padre el que se empeñó en que aprendiese. – Hizo bien. – Sí, pero él no era un buen hombre. Montó un café y nos abandonó a mi madre y a mí por una camarera. Un cabrón. – ¿Dónde está ahora? – Supongo que muerto… Bien, dama, caballero, ¿qué quieren escuchar? – Bueno, a estas horas ya es Navidad… – ¿Me imagino que no habrá problemas religiosos? – No te preocupes, somos budistas, cristianos, musulmanes e hindúes a la vez. – Bien, toquemos pues en honor a esta noche sagrada.

Sí hijos míos. He tardado, vaya si he tardado en volver a escribir en la bitácora a pesar de tener toda la voluntad de publicar a principios de septiembre. Y la culpa la ha tenido no sólo la avalancha de trabajo que desde hace tiempo disfruto, sino también el monstruoso calor que ha azotado el país las últimas semanas y que casi acaba con la poca salud mental que todavía atesoro. Bueno, eso y el “Chou” que ha ofrecido el PSOE este fin de semana después de que Pdro Snchz se quedase con más vocales que votantes, pero en fin. Aunque en esta ocasión la damnificada haya sido nada más y nada menos que… ¿una película con actores de carne y hueso? Pues si, por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a analizar un largometraje perteneciente al cine convencional. Aunque eso sí, y como Dios manda, procedente de Japón para así no traicionar del todo la filosofía del blog.

Posiblemente recordaréis que lo advertí un año atrás. Más tarde o más temprano este film tendría un hueco en esta bitácora, y vaya si se lo he dado. No obstante, han transcurrido más de doce meses desde que lo anuncié. Sí, es verdad, siempre he tardado mucho más de lo que he planificado en cumplir mis promesas, pero el caso es que las cumplo. O ¿qué creíais? ¿Que mi palabra vale tanto y tiene tanta durabilidad como firmar un pacto con Albert Rivera? Pero el caso es que por fin está aquí, elaborada en medio de una espiral de trabajo agotador y demorada una y otra vez por culpa del asqueroso calor que ha hecho durante el mes pasado y que reconozco que casi ha acabado conmigo. Sin embargo, por suerte para mí las bajas temperaturas están a la vuelta de la esquina.

Debo añadir que el exceso de luz siempre ha afectado a mi carácter. Me pongo moreno en un día y lo cierto es que el Sol nunca me ha perjudicado, pero me pone especialmente de mal humor. Además, yo para rendir necesito cielos muy nublados, una temperatura en torno al bajo cero y lluvia, mucha lluvia, que es precisamente lo que ha faltado este verano. Así pues, para redactar lo que estáis viendo bajo estas líneas, he tenido que recurrir al viejo truco de escribir de noche, en espera de que de una maldita vez los 30 grados nos dejen en paz. Pero, como siempre, dejemos a un lado los soliloquios y empecemos con lo que realmente importa.

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