Okuribito, el canto mortuorio a la vida de Yojiro Takita

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– ¿Está rico? – ¡Delicioso! Por cierto, ¿has traído el chelo? – ¡Quiero oírte tocar! – Pero sólo un poco ¿eh? – Nunca he oído a un violonchelista en directo. – ¿Eras músico de orquesta? – Sí, estaba en una, pero se disolvió. – ¿Y cuándo empezaste a tocar? – En párvulos. – ¿Desde hace tanto? – Sí, este chelo es de niño. Fue mi padre el que se empeñó en que aprendiese. – Hizo bien. – Sí, pero él no era un buen hombre. Montó un café y nos abandonó a mi madre y a mí por una camarera. Un cabrón. – ¿Dónde está ahora? – Supongo que muerto… Bien, dama, caballero, ¿qué quieren escuchar? – Bueno, a estas horas ya es Navidad… – ¿Me imagino que no habrá problemas religiosos? – No te preocupes, somos budistas, cristianos, musulmanes e hindúes a la vez. – Bien, toquemos pues en honor a esta noche sagrada.

Sí hijos míos. He tardado, vaya si he tardado en volver a escribir en la bitácora a pesar de tener toda la voluntad de publicar a principios de septiembre. Y la culpa la ha tenido no sólo la avalancha de trabajo que desde hace tiempo disfruto, sino también el monstruoso calor que ha azotado el país las últimas semanas y que casi acaba con la poca salud mental que todavía atesoro. Bueno, eso y el “Chou” que ha ofrecido el PSOE este fin de semana después de que Pdro Snchz se quedase con más vocales que votantes, pero en fin. Aunque en esta ocasión la damnificada haya sido nada más y nada menos que… ¿una película con actores de carne y hueso? Pues si, por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a analizar un largometraje perteneciente al cine convencional. Aunque eso sí, y como Dios manda, procedente de Japón para así no traicionar del todo la filosofía del blog.

Posiblemente recordaréis que lo advertí un año atrás. Más tarde o más temprano este film tendría un hueco en esta bitácora, y vaya si se lo he dado. No obstante, han transcurrido más de doce meses desde que lo anuncié. Sí, es verdad, siempre he tardado mucho más de lo que he planificado en cumplir mis promesas, pero el caso es que las cumplo. O ¿qué creíais? ¿Que mi palabra vale tanto y tiene tanta durabilidad como firmar un pacto con Albert Rivera? Pero el caso es que por fin está aquí, elaborada en medio de una espiral de trabajo agotador y demorada una y otra vez por culpa del asqueroso calor que ha hecho durante el mes pasado y que reconozco que casi ha acabado conmigo. Sin embargo, por suerte para mí las bajas temperaturas están a la vuelta de la esquina.

Debo añadir que el exceso de luz siempre ha afectado a mi carácter. Me pongo moreno en un día y lo cierto es que el Sol nunca me ha perjudicado, pero me pone especialmente de mal humor. Además, yo para rendir necesito cielos muy nublados, una temperatura en torno al bajo cero y lluvia, mucha lluvia, que es precisamente lo que ha faltado este verano. Así pues, para redactar lo que estáis viendo bajo estas líneas, he tenido que recurrir al viejo truco de escribir de noche, en espera de que de una maldita vez los 30 grados nos dejen en paz. Pero, como siempre, dejemos a un lado los soliloquios y empecemos con lo que realmente importa.

Ficha Técnica

Okuribito (おくりびと) conocida en España como “Despedidas”, “Departures” en el mercado anglosajón, “Violines en el cielo” en México, “La Felicidad de Vivir” en Perú y “Final de la Partida” en el cono Sur de América, es una película japonesa de 130 minutos de duración perteneciente a los géneros de Comedia y de Drama. Fue Dirigida en 2008 por Yōjirō Takita, producida por Shochiku y se encuentra libremente inspirada en el libro “Coffinman: The Journal of a Buddhist Mortician” escrito en tono autobiográfico por Shinmon Aoki.

Argumento

Daigo Kobayashi es un músico frustrado al que instruyeron desde muy joven en el arte de tocar el Violonchelo. Su padre tomó esta iniciativa cuando tenía menos de seis años, sin embargo no estuvo después a su lado. Aprovechando el Café que había montado, sedujo a una de sus camareras y se fugó con ella abándonándolos a él y a su madre, que tuvo que criarlo en soledad. De hecho, el único recuerdo que guarda de él es una piedra que le dio cuando jugaba con él de niño y ni siquiera tiene en la mente un rostro que, de acuerdo a sus palabras, golpearía sin dudar en el caso de que alguna vez volviese a verlo.

Crecido y convertido ya en un hombre, conoce a Mika, una joven informática de carácter dulce y amable de la que se enamora perdidamente, y se casa con ella. Él, por entonces, le promete que la llevará por todo el mundo de gira con sus conciertos y sueña con hacerse un hueco en las principales sinfónicas. Sin embargo, el paso de los años hará que empiece a tomar conciencia de la realidad. Los elogios de sus progenitores no se ajustan a las exigencias del mundo en el que se ha metido y, tras recibir toda clase de negativas, termina en una orquesta japonesa de muy poco nivel y público que quiebra rápidamente dejando a todos sus músicos en la calle, incluyéndolo a él.

La situación de Daigo es desesperada. No sólo se ve obligado a vivir del humilde sueldo de su mujer, que recibe cantidades miserables de dinero por diseñar páginas web, sino que además tiene que hacer frente a una deuda inasumible. Poco antes había firmado un préstamo para comprar un violonchelo profesional de coste desorbitado la deuda en la actualidad persigue al matrimonio. Así pues, no tiene otra opción que la de empeñar el instrumento con el que creyó que podría conquistar el mundo yabandonar su piso de Tokio para mudarse a su ciudad natal, Yamagata, donde todavía se encuentra en pie la casa de sus padres.

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Daigo Kobayashi, Mika Kobayashi e Ikuei Sasaki

Rodeado del ambiente en el que se crió, Kobayashi recuerda tanto el esfuerzo de su madre por sacarlo adelante con la cafetería, como los discos de Pablo Casals de su progenitor con el que se intentaba espolear su supuesto talento. Por ello, un día decide ir al desván y desempolvar el primer “chelo” que tuvo. Un instrumento pequeño e ideado para un niño cuyas cuerdas se encuentran cercenadas por el paso del tiempo, pero que en esencia sigue siendo utilizable en aquel pequeño recodo que todavía conserva incluso las marcas en el suelo fruto de las cientos de horas de ensayo a sus espaldas.

Conteniendo así el “mono” que todavía siente por su vieja profesión, Daigo cree que ha llegado la hora de pasar página y buscar una nueva ocupación más acorde con las necesidades de una ciudad tan pequeña como Yamagata. Sin embargo, no sabe a qué dedicar su vida hasta que, un día, mientras come con Mika, descubre en el periódico un anuncio que llamará irresistiblemente su atención. Se prometen pocas horas de jornada laboral, contrato indefinido y sin necesidad de experiencia previa. Se trata de algo llamado “Agencia NK” y, al parecer, oferta algo que tiene que ver con lo que llama “trabajo relacionado con despedidas”. ¿A qué se está refiriendo exactamente?

Al día siguiente, el ya exmúsico se dirige al lugar donde se encuentra lo que él piensa que es una agencia de viajes. Allí se encuentra con la recepcionista, Yuriko Kamimura, que le hará ver que se encuentra en un error del que no se percatará hasta que se encuentre con su nuevo jefe, Sasaki, que ni siquiera leerá su currículum. Es más, para contratarlo sólo le hará una pregunta. “¿Estás dispuesto a trabajar duramente?”. En realidad, todo se trata de un pequeño malentendido. El anuncio no contenía los kanjis correctos y hablaba de “despedidas” cuando en realidad quería decir “tránsito” en relación a meter a la gente en un ataúd. El empleo consiste en amortajar los cuerpos de los difuntos y la agencia es en realidad una funeraria, por lo que va a desempeñar uno de los empleos más denostados y peor vistos en la sociedad nipona. Pero necesita el dinero…

Tema principal de la OST

  • Ave María” compuesto por Joe Hisaishi

Análisis

Digámoslo de la siguiente manera. En mi vida he puesto demasiada atención a las películas que ganan el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa mucho más allá de algún fenómeno de masas del tipo “La vida es Bella”, capaz de reventar la taquilla más por la polvareda mediática que por su calidad. Por ello, debo confesar que tardé un tiempo en descubrir este film. De hecho, esta cinta entra en mi vida un día perdido de verano cuando estando, para variar, en la Biblioteca de mi ciudad, me adentré en la sección de audiovisuales y, casi por azar, me tropecé con el DVD de la misma y decidí llevarlo a mi casa, más por aburrimiento que por auténtico interés.

He de admitir que en un principio, tal y como se verá posteriormente en la review en sí, no me esperaba demasiado de ella. Su comienzo daba a entender que estábamos ante una especie de comedia negra en la que la interpretación de algunas de las escenas dejaba bastante que desear y cuyo guión, en el fondo, no terminaba de comprender. A fin de cuentas, una buena parte de la cultura de cada región, país o continente bebe mucho de su forma de enfrentarse a la muerte. Y Japón, en ese sentido, dista demasiado de un país al Sur de Europa como lo es España no sólo geográficamente sino también en historia, creencias religiosas y, especialmente, conservadurismo social.

En otras palabras, estamos ante una producción que requiere ser japonés para entenderla en su plenitud. Pero, por alguna extraña razón, me di cuenta de que necesitaba verla hasta el final y que éste era… era… era de estos finales que hacían que necesitases ver la película un par de veces más, aunque no por entenderla sino… por mero placer. Algo así como lo que les sucede a los fumadores con su primer cigarrillo. No les gusta al principio, a pesar de lo cual no lo pueden dejar después. Su guión por lo tanto es una especie de nicotina benigna que, sin saber por qué, invita a verla una y otra vez, descubriendo tras cada visionado un aspecto nuevo y sorprendente que, en definitiva, ha hecho que la misma tenga presencia en este blog. Y, naturalmente, cuando se habla de esta cinta, el primer e ineludible paso es hacernos eco de la menor de sus virtudes.

El primer Oscar propiamente dicho del cine japonés

Comencemos desenmascarando un mito. A pesar de que en el momento de escribir este artículo sean muchas las webs que insistan en que son cuatro las películas niponas que han conseguido ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, lo cierto es que ese dato no es falso, pero tampoco verídico. En honor a la verdad, dicha categoría no fue verdaderamente incluida en los “Premios de la Academia” (estadounidense) hasta 1956, cuando por fin se configuraron como un galardón en toda regla que competía, con unas normas relativamente claras, con otros films. Hasta aquel momento, lo que se había concedido desde 1947 había sido una distinción honorífica en clave de auténtico nomen honoris y cuyos motivos para otorgarse tenían que ver más con razones políticas que cinematográficas.

El tema es extenso, amplio y, en ocasiones, farragoso por lo que abordarlo tal y como merece excede con creces las pretensiones del presente artículo. Pero digámoslo de la siguiente manera. Estados Unidos acaba de ganar la Segunda Guerra Mundial y se ha estrenado como primera potencia Mundial así como el portaestandarte del Mundo Capitalista, por lo que para ellos la propaganda más allá de sus fronteras empieza a ser un asunto primordial. Y para ello, no sólo era fundamental promocionar sus virtudes sino también las de sus aliados. Algo a lo que se añadía el que el cine era el arma ideológica más importante de su tiempo y lo siguió siendo hasta la popularización de la televisión.

Por ello, es importante tener en cuenta que cuando Estados Unidos reestructura la parte del mundo que va a dominar, Francia es la potencia que para ellos debe ostentar la hegemonía sobre la Europa Continental mientras que China debe hacer lo propio en Asia. Sin embargo, cuatro serán los años que tardará en derrumbarse este frágil andamiaje político. Por un lado el país galo no ha padecido la escandalosa cantidad de bajas que, por un lado, segaron la vida de millones de franceses en “La Gran Guerra”, o por otro dejó mutilados a otros tantos, ya fuese por heridas en combate, por el conocido como “Pie de Trinchera” o, muy especialmente, por la automutilación, un mecanismo que en el caso de funcionar les permitía escapar del infierno del Frente Occidental, pero que si fallaba… los oficiales franceses, en el caso de considerarla fraudulenta, castigaban con el fusilamiento. Sin embargo, tanto su situación interna como externa, habían sumido al país en una profunda crisis económica y social que se prolongará hasta la llegada al poder de De Gaulle. Dicho de otra manera, la aludida Francia no sólo no estaba en posición de mantener la paz en suelo europeo, sino que ni siquiera podía mantener cohesionada su integridad territorial.

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Carteles de “El Ladrón de Bicicletas” y “Monsieur Vincent” con “Demasiado Tarde” en medio

Pero si mala idea fue apostar por los gabachos, peor incluso fue hacer lo propio con el mundo que comenzaba con el prefijo “Sino”. Chiang Kai-shek tenía prácticamente ganada la Guerra Civil que había enfrentado desde 1927 al Kuomintang con el Partido Comunista Chino… hasta que el estallido de la Segunda Guerra Sino-Japonesa servirá para el fortalecimiento de Mao Zedong, motivado, no sólo por las lacerantes derrotas sufridas ante los japoneses por parte de su adversario nacionalista, sino por la propia intervención de la Unión Soviética en la zona. Lo que motivará que, tras la reactivación del conflicto en 1946, los aliados de Estados Unidos, pese a su superioridad numérica, terminen por ser expulsados a Formosa en 1949, que posteriormente pasará a ser conocida como Taiwan.

Como ya hemos dicho en anteriores ocasiones, este error de cálculo hará que Japón pase a ser el principal aliado de Norteamérica en la zona y que ésta ponga todo su empeño en convertirla en la gran valedora de sus doctrinas económicas y políticas, aunque naturalmente sin ejército. Algo que obligaba a los propios estadounidenses a intervenir de primera mano en el continente asiático con la intención de impedir tanto el avance del Comunismo como de consolidar sus posiciones en la zona siguiendo lo que, con el paso de los años, llamarán la “Teoría del Dominó”. Pero eso implicaba también un problema para EE.UU. como lo era el que había que explicarle a su opinión pública dónde estaban interviniendo y, lo que es más importante, por qué. Algo que conseguirán con Corea pero que no lograrán con Vietnam.

En ese contexto, hay que matizar que la cultura oriental era algo exótico y totalmente desconocido para los Occidentales y era lógico intentar acercar aquel curioso universo al público norteamericano, dado que su país no paraba de intervenir en la zona, con todos los gastos económicos y humanos que ello conllevaba. Es ahí donde encuentran su explicación la producción y la publicidad que se le dieron a apuestas como “Love Is a Many-Splendored Thing” en 1955, bautizada en España como “La colina del adiós” y referente a China y Corea, “The Teahouse of the August Moon” un año posterior y que trataba de acercar Japón, o “El rey y yo”, también en 1956, relacionada con Siam (actual Tailandia).

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Carteles de las primeras películas japonesas que se hicieron con un Oscar: “Rashomon”, “Jigokumon” y “Miyamoto Musashi

No resulta por lo tanto demasiado sorprendente que, en base a lo anterior, la Academia de Cine Estadounidense decidiese romper el hermetismo con el que hasta aquel momento se había negado a premiar a películas que no hubiesen sido producidas y desarrolladas en su suelo. Así, desde 1947, se creó una categoría, como ya dijimos, puramente honorífica que reconocía a una película cuya lengua vernácula no fuese el inglés. Y el primero en estrenarla fue Vittorio De Sica y su “Limpiabotas” que sería sucedido por Vincent de Paul y su conmovedora “Monsieur Vincent” y que posteriormente entregaría el relevo una vez más a De Sica y a su magistral “El ladrón de bicicletas”.

Por lo tanto, se estaban promocionando productos culturales de los nuevos aliados de Estados Unidos en la Europa Continental y, por supuesto, la por entonces potencia hegemónica había puesto sus ojos sobre Italia y Francia. Y la estrategia era tan descarada que en 1950 la afortunada fue “Demasiado Tarde”, también conocida como “Los muros de Malapaga”, que era una coproducción entre ambos países. Pero por entonces ya era definitivo que Mao Tse Tung se había convertido en el amo de China, por lo que había que cambiar de aliado en el continente asiático. Y eso significaba, insistimos, que el satélite de los Estados Unidos en la zona pasaba a ser Japón. ¿Es necesario seguir? En 1951 el galardón se lo llevaría nada menos que “Rashomon” de Akira Kurosawa, lo que convertirá a este creador en un mito en su país, a pesar de que tanto Teinosuke Kinugasa con “Jigokumon” como Hiroshi Inagaki con “Miyamoto Musashi” repetirían la hazaña en 1954 y 1955.

En todos esos casos, la designación fue puramente “dedocrática” y sería “La Strada” de Fellini en 1956 el primer largometraje de estas características que ganaría en una votación con todas las garantías cuando esta categoría se convirtió en un auténtico premio. Ni que decir tiene que Kurosawa sí que era realmente un gran cineasta, pero eligieron aquella película por pertenecer al género de samuráis, que en cierta forma les recordaba a los americanos a su Western. Y más o menos lo mismo se podría decir respecto a sus compañeros. Aunque no es extraño que de golpe dejasen de hablar de ellos, puesto que nunca es una buena idea hablar de autores a los que se plagia, como esencialmente hicieron desde entonces muchos directores de “Películas del Oeste” con sus historias sobre forasteros que dejaban limpio de bandidos a un pueblo a golpe de tiroteo. Por ello simplemente nos debemos quedar con este mensaje. Ningún cineasta japonés ganaría convencionalmente una estatuilla, hasta el punto de que la Academia Japonesa conseguiría once nominaciones infructuosas desde entonces. No obstante, todo estaba a punto de cambiar.

De los suburbios de la pornografía hasta el Olimpo de Hollywood

No, no os dejéis engañar. Nadie ajeno al mundo de los orientalistas conocía a Yōjirō Takita hasta que a Okuribito le dieron un Oscar. Quien diga lo contrario probablemente miente y algunas de las reseñas que se publicaron en su día tenían un serio “tufo” a haber sido redactadas a golpe de Google y dando por hecho cosas que ni tan siquiera eran ciertas. De cualquier modo, lo que es un hecho objetivo es que se sabe que su trayectoria profesional se remonta, al menos, hasta 1981 (según otros 1982), cuando tenía 26 años y se dedicaba a dirigir presuntas películas de poca monta que hoy calificaríamos como obras de “Serie B” en el ámbito anglosajón… o como “españoladas” en el suelo patrio.

Así es. Este director comienza su andadura detrás de las cámaras rodando películas eróticas en las que, por supuesto, existían pinceladas de otros géneros entre los cuales estaba la comedia. De hecho, fue la cabeza visible de una saga llamada “Chikan densha” de la que rueda al menos catorce entregas, entre las cuales se intercalaron toda clase de títulos “cachondos” que me ahorraré reproducir y que delatan que, en muchas ocasiones, para llegar a lo más alto tienes que empezar desde lo más bajo. Aunque poco a poco su filmografía abordará proyectos más serios durante la década de los 90, muy posiblemente tras conseguir el patrocinio de alguna productora de renombre. Y ésa será precisamente la clave de todo.

En 2001, más o menos cuando en todo el mundo arrasaban las películas de cine Wuxia debido fundamentalmente a “Crouching Tiger, Hidden Dragon”, la todopoderosa Toho (que como ya dijimos en su día es la Toei del mundo del cine) decidió apostar fuerte por él y lo pone al frente del proyecto “Onmyoji”, que en esencia trasladaba las máximas de ese género al terreno nipón, dando como resultado un éxito apoteósico en la taquilla japonesa, lo que la convierte en la cuarta película más taquillera de aquel año, sólo por detrás (y por muy poco) de Battle Royale y de Pokémon 4ever, aunque a un abismo de algo llamado Sen to Chihiro no Kamikakushi, que arrasó con todo… hasta el punto de ganarle a los norteamericanos el Oscar a la mejor película de animación en su casa y en su cara.

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Takita recoge su Oscar acompañado de casi todo el elenco de actores de Okuribito y de Joe Hisaishi (no aparece en imagen)

A partir de entonces, Takita se convierte en un director de renombre y no tardará en confirmarlo casi dos años después gracias a “Mibu Gishi Den”, una película de samuráis producida por Shochiku y ambientada a finales del Shogunato Tokugawa con el mítico miembro del Shinsengumi Saitou Hajime como protagonista. El film pasa totalmente desapercibido por la taquilla aunque, contra todo pronóstico, se convierte en el gran triunfador de los premios de la Academia de Cine Japonesa de 2003, donde se hace con casi todos los galardones de importancia, arrebatándoselos irónicamente a la gran producción de aquel año, Zatoichi, también de samuráis, basada en un héroe de ficción de renombre, con el sello de Takeshi Kitano a sus espaldas y con el aval de haber superado no sólo el juicio de crítica y público, sino también el ser estrenada en occidente. David había vencido a Goliat.

Pero no debemos caer en la tentación de creer que ello hizo que este cineasta se convirtiese en un gurú. Es más, su siguiente película, “Ashurajō no Hitomi”, fue una cinta de terror en clave de remake, mientras que la que la sucedió era “The Battery”, una especie de drama deportivo-estudiantil con el Baseball como telón de fondo (lo cual tal vez tendrá una cierta influencia en el largometraje del que nos ocupamos, como veremos más adelante). No será por lo tanto hasta “Despedidas” cuando realmente vuelva a la élite de las producciones para la gran pantalla originarias del Imperio del Sol Naciente y lo hará, de nuevo, de la mano de la ya mencionada productora Shochiku, quien es la que realmente toma la iniciativa de llevar esta obra al cine.

Para ello, escogen un libro llamado “Coffinman: The Journal of a Buddhist Mortician”, la autobiografía del escritor Shinmon Aoki que arrasó en las librerías japonesas en 1993 contando sus experiencias como enterrador durante los años 70 del siglo XX. Y para convertirlo en guión, se hicieron los servicios de otro escritor, Kundou Koyama, que jamás hasta entonces había trabajado para la industria del celuloide. Así pues, decidió hacer una adaptación libre de todo lo narrado en el formato original, le añadió elementos de otras confesiones religiosas ajenas al Budismo con no pocas connotaciones Humanistas y sugirió un cambio de nombre para el proyecto: Okuribito, que más o menos adaptado al castellano sería algo así como “El que despide”.

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Masahiro Motoki y Ryōko Hirosue, acostumbrados a papeles pequeños, se convirtieron en dos de los actores más respetados de Japón a raíz de Okuribito

Se trataba, como han explicado en repetidas ocasiones, de un eufemismo en toda regla. En Japón la muerte existe y se trata, pero es un tema tabú en términos sociales. De acuerdo al rito budista, los fallecidos deben ser debidamente lavados, ciertos orificios de su cuerpo han de ser taponados con algodón y, por supuesto, han de ser convenientemente vestidos y llevados a un ataúd antes de ser incinerados. Sin embargo, la gente que trata con muertos se considera “impura” y ha de ser “limpiada” mediante una serie de rituales. Si se prefiere, se considera a los funerarios una especie de apestados de un modo similar, aunque salvando las distancias, a lo que históricamente hablando ha sido la prostitución en España.

Dicho esto, resulta bastante lógico que alguien como Takita se hiciese con el proyecto y que supiese convertirlo en el que, sin lugar a dudas, ha sido el film más importante de origen japonés de los producidos durante el presente siglo y, desde luego, uno de los más representativos de su historia. No en vano contó con un reparto con actores de enorme peso en la escena nipona como Tsutomu Yamazaki (posiblemente el intérprete más importante de todos los tiempos en la gran pantalla japonesa) y Kazuko Yoshiyuki conocida por sus interpretaciones en Kikujiro no Natsu o como Toki, en Ponyo. Veteranos que le daban la alternativa en los papeles protagonistas a Masahiro Motoki, que hasta ese momento había sido un modelo que alternaba su oficio con papeles secundarios en apuestas como “Shall we dance” o Tekkon kinkreet, y a Ryōko Hirosue, una idol cuyo único papel de renombre había sido el de Yumi, en el largometraje “Wasabi” de Luc Besson.

El resultado de todo eso, unido a la buena idea de hacerse con los servicios de Joe Hisaishi (al que el director encargó una banda sonora que transmitiese tanto la pena y desesperación de Daigo por el desencuentro con su padre, así como el amor que el primero sentía por su esposa), le llevó a arrasar en la trigesimosegunda edición de los premios de la Academia Japonesa de Cine, donde logró nada menos que diez galardones (entre ellos el de mejor película y, por fin, el de mejor director), así como se convirtió, como hemos dicho en la sección anterior, en la primera cinta japonesa que ganó REALMENTE el Oscar a la mejor Película de Habla No Inglesa. Aunque claro, habrá que ver si semejante avalancha de reconocimientos así como los 70 millones de dólares que recaudó en taquilla estaban o no justificados.

La sombra del padre es alargada

Comencemos describiendo el modo con el que comienza el largometraje. Daigo y su jefe se disponen a amortajar a una mujer, como en tantas otras ocasiones lo han hecho a lo largo del tiempo, aunque en esta ocasión el músico ya tiene la suficiente experiencia como para poder hacer este trabajo ritual solo, sin la asistencia de su mentor. Así pues, procede a dar los primeros pasos de sus técnicas de pompas fúnebres a la japonesa cuando, al proceder a limpiar el cadáver de la difunta, se encuentra con una particular “sorpresa” al llegar a la zona de la entrepierna. Un hecho que desconcierta al joven adulto y que le hace recurrir a la ayuda de su maestro con unos fines, a priori, insospechados.

Sasaki toma así el relevo y procede a desempeñar un trabajo que su pupilo, debido a su inexperiencia no es capaz de culminar. Sin embargo, éste no tiene nada que ver con el de adecentar a un muerto con la intención de honrarlo y reconfortar a su familia, sino más bien el preguntarle a esta última algo, cuanto menos, delicado: El si quieren que le apliquen un maquillaje de mujer… o de hombre… Es entonces cuando, por la propia dinámica de la escena y los rostros de tensión de los familiares, entendemos que estamos ante algo completamente trasgresor. A priori parece una comedia negra, pero algo en nuestro interior nos hace intuir que no es así. Y pronto nos daremos cuenta de la certeza de nuestras sospechas.

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Daigo en un diálogo interior en compañía de su violonchelo

Necesitaremos paciencia y atención para saber a qué nos enfrentamos exactamente puesto que Takita inmediatamente nos aclara que ha empezado la historia por la mitad,. Así pues decide mostrarnos cómo Dai-chan llega a convertirse en parte de una compañía funeraria. Por ello, hace que nos retrotraigamos a unos meses más atrás, cuando el enterrador es todavía un músico que interpreta junto a sus compañeros y ante auditorios medio vacíos el “Himno de la alegría” (Cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven para los pedantes) que será, sin embargo, el preludio de una tragedia. El director de la orquesta es consciente de sus pérdidas y les comunica que la formación queda disuelta.

El varapalo sume a nuestro protagonista en una profunda crisis existencial, que será narrada a través de soliloquios intimistas en clave de pensamientos que se asemejarán de un modo más que evidente al estilo con el que el primer Makoto Shinkai saltó a la fama con sus historias de amor trágico y obsesivo, cuyo hilo conductor solía ser la caída al abismo de la desesperación de hombres incapaces de consumar sus sentimientos hacia una mujer inalcanzable. Algo que sería correcto de no ser porque, unos minutos más atrás, parecía que estábamos ante una obra cuya intención era hacernos reír. ¿Por qué ahora nos intenta hacer llorar?

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El gran fallo de las interpretaciones que disfrutaremos en Okuribito será la sobreactuación en algunas escenas

En cierta manera, este recurso es lógico. Kobayashi ha empleado treinta años de su vida en convertirse en un primer espada de la música japonesa. Pero lo cierto es que no lo ha conseguido debido a su talento, que desgraciadamente no es tan grande como podía llegar a preverse en su niñez. Aunque si bien su amor por la música se torna no correspondido, más le duele el decepcionar a Mika, a la que prometió que la llevaría junto a él para conquistar los mejores escenarios del mundo. Y es aquí donde nos encontramos con el primer gran elemento simbólico con el que “Despedidas” desafiará nuestra mente, para lo cual hemos de profundizar en los entresijos de cierta narrativa japonesa de corte romántico que ya avanzábamos en la sección anterior y del que el manganime Touch es un buen ejemplo.

En aquella magistral historia de Adachi, Kazuya se comprometía a llevar al Koshien (el estadio de los Hanshin Tigers que sirve para albergar las finales de los torneos de baseball a escala nacional disputados por equipos de estudiantes de Secundaria) a Minami como una muestra de sus sentimientos hacia ella y como una manera de ganarse su amor. Por ello, cuando éste fallece y su hermano Tatsuya toma su lugar, asume el mismo reto no sólo por honrar la memoria de su gemelo, sino porque también está perdidamente enamorado de su amiga de la infancia. Es decir, la idea de triunfar para halagar a la mujer amada forma parte de la manera con la que los hombres japoneses enfocan sus relaciones de pareja. Lo que de alguna manera puede servirnos para entender hasta qué punto el protagonista se veía encerrado en una situación comprometida no sólo económica sino también sentimentalmente.

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Takita moverá la cámara de las maneras más insospechadas, lo que nos hará partícipes de la acción de un modo dinámico y divertido en compañía de los personajes

Aunque el otro gran asunto que nos intriga es qué relación mantiene el violonchelista con el que se supone que es su otro amor: la música. Desde que tiene uso de razón ha tocado el violonchelo, por lo que cabría esperarse lo peor. Dicho de otra manera, no es descabellado pensar que los padres intentasen paliar sus frustraciones a través de él, y en parte es así. Por lo tanto, más tarde o más temprano la pregunta de si este intérprete ama o no la música asalta nuestras cabezas, diluida en la incómoda situación que supone para él tenerle que decir a su esposa que se encuentran arruinados y que, lejos de conquistar el mundo, se verán obligados a volver a su pueblo en el caso de querer sobrevivir.

Será en esa pequeña localidad donde hallaremos una cierta respuesta a este enigma cuando Daigo desempolve su viejo Chelo, con el que aprendió a tocar, y afloren en su memoria los recuerdos de las primeras notas que era capaz de arrancarle ante la mirada atónita de sus padres. Aunque él apenas recuerda nada de su progenitor. Sólo que su madre tuvo que criarlo sola mientras que su padre los abandonaba en compañía de una mujer probablemente más joven y atractiva. Pero entonces, ¿tocaba por gusto o por complacer a sus padres? Y en el caso de ser así, ¿por qué siguió si precisamente el ser del que ni siquiera recuerda su rostro fue el que tuvo la idea?

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Daigo tocando el violonchelo de niño ante sus padres como metáfora del significado de su primera vocación

Los dilemas existenciales nos torturan cuando, de pronto, el guión cambia de tercio, nos pone en medio de la Agencia NK y descubrimos a Yuriko Kamimura, la particular secretaria de la empresa. Una cincuentona que aparenta bastante menos edad de la que realmente tiene y cuya forma de ser dista mucho de la que se espera de una persona de su cargo, con un cierto aire de “pasotismo” hacia todo lo que ocurre a su alrededor y con una irresistible atmósfera “freak” que es capaz de imbuirle a lo que la rodea con unas contestaciones y una forma de hablar más propias del universo manga que el del aburrido y apolillado mundo adulto.

Y tras esta sorpresa, se sucede la siguiente. El propietario de la empresa, Sasaki, ni siquiera mira su Curriculum, lo tira a un lado, sin más le dice que está contratado y su sueldo será mareante. ¿Tanto drama cortado mediante la aparición de un par de frikis y una vida arruinada que de golpe está perfectamente resuelta? En diez párrafos acabamos de describir un momento humorístico, un drama y una anécdota hilarante, y da la sensación de que esto no ha hecho más que empezar. ¿Qué es lo que pretende? O tal vez deberíamos preguntarnos algo más coloquial: ¿Adónde nos quiere llevar exactamente Takita? Y pronto lo sabremos… a un estudio de grabación.

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Sí, yo también soy un poco más “hetero” después de esto

Allí nos encontraremos con un Daigo que se ve obligado a quedarse en pañales, como si fuese un bebé, y a protagonizar con su jefe un videotutorial sobre cómo… amortajar a los muertos. Para nosotros los europeos, las funerarias son el único negocio que resiste a las Crisis Económicas, dado que están normalmente necesitadas de personal, no disfrutan de vacaciones de ningún tipo y, por encima de todo, tienen el futuro resuelto… Sin embargo en Japón se trata de un trabajo rayano al tabú y aquel ridículo y humillante vídeo es tal vez la parte más agradable de los quehaceres de lo que a partir de ahora será su forma de vida. Y pronto tomará conciencia de la situación.

Su primer trabajo consiste en preparar, en su paso para llegar al más allá, nada menos que a una mujer que murió sola y desamparada. Sus restos mortales se encuentran putrefactos y los gusanos ya han hecho mella en su cadáver. Nuestro protagonista no es capaz de aguantar y vomita en plena faena; entrar en una casa ajena, presenciar un drama y verse incapaz de asumir lo que ocultaba en su interior es demasiado para él. Sin embargo, por encima de todo estaba aquel nauseabundo olor; ese hedor insoportable que parece haberse apropiado de su cuerpo y que la gente parece detectar a distancia. Un aroma tan repugnante que ni siquiera un baño a ultranza es capaz de limpiar.

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Mika antes y después de descubrir que el oficio que su marido había conseguido en Yamagata era el de sepulturero

Pero no es esa suciedad la que le preocupa, sino la otra, la invisible; ésa que no puede eliminarse ni con toneladas de jabón y cientos de litros de agua y que pulula en el ambiente: El ejercer un trabajo tan sucio como necesario pero que nadie quiere desempeñar no sólo por lo desagradable de alguno de los encargos, sino… por las malas miradas, los cuchicheos a escondidas y, en definitiva, el rechazo social. Ser parte de un oficio que la sociedad de su país ve con rechazo y que le genera antipatías por el simple hecho de ser él “el que despide”, hasta el punto de que se ve obligado a mentirle a su mujer acerca de qué es lo que realmente está haciendo. Incluso en un momento de desesperación aborda a Mika y no para hasta que consigue mantener relaciones sexuales con ella, con tal de olvidar el terrible espectáculo que presencia cada muy poco tiempo.

Su empleo es terrible pero, ¿qué ocurre con todo lo que sucede a su alrededor? Hablo de ese momento en el que las familias presencian cómo la pareja prepara a uno de sus miembros para un viaje al más allá y el resultado es… impredecible. En unos casos, el cabeza de familia se derrumbará cuando maquillen a su difunta esposa y vengan a su cabeza los recuerdos de toda una vida en común. En otros, saldrán a relucir los trapos sucios; aquellos asuntos en los cuales salta a la palestra la vida convulsa del fallecido… Instantes en los que los reproches se suceden responsabilizándose los unos a los otros de lo que nadie en verdad tiene culpa alguna.

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Momento de arrepentimiento de uno de los clientes de la Agencia NK en el momento de la incineración

Poco a poco, y con estos altibajos, iremos comprendiendo el particular universo construido por Takita hasta que nos encontremos con algo de lo que en un principio no nos percataremos, pero que con el paso del tiempo se hará más que evidente. Nos encontramos ante una película particularmente complicada que exige varios visionados para ser comprendida en su totalidad y que lanza muchísimos más mensajes de los que en un principio puede parecer que contiene, como bien demuestran, por ejemplo, los discos del padre del protagonista. Una colección en la cual se puede encontrar obras recopilatorias de los trabajos de Pablo Casals, Robert Schumann o Maurice Gendron, lo que delata bien una pasión desmedida de su progenitor por el violenchelo, bien un intento de espolear el talento de su hijo en unos tiempos en los que comprar la música en un formato físico era la única manera de disfrutar de ella.

¿Qué es entonces lo que este film pretende transmitirnos? Estamos en torno a la mitad de la película y seguimos sin saberlo. Así que entonces ocurrirá lo inevitable. Mika descubre por casualidad el humillante vídeo que Daichan tuvo que grabar al comienzo de su periplo por el mundo de las pompas fúnebres y, tras toda clase de reproches, lo abandonará. Un hecho que supone para él un segundo golpe del que no será capaz de recuperarse. La música ya lo había dejado y con él el amor espiritual que había sentido desde hacía treinta años, pero ¿podría sobreponerse a la marcha de su compañera? Por ello, siente que sus fuerzas flaquean y decide abandonar la profesión.

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Mika conversa al lado de un disco recopilatorio que incluye temas de Pablo Casals

Y sí. Está a punto de hacerlo. Hasta que habla con Sasaki y descubre cómo empezó a amortajar… lo hizo con el cuerpo de su mujer cuando ésta falleció… Resulta muy difícil, llegados a este punto, describir con palabras lo que ocurre, pero entre ambos comienza, desde aquel momento, a hacerse patente un auténtico vínculo de unión. A uno de ellos fue la propia vida la que le arrebató al ser que más quería, mientras que al otro fue la fatalidad del destino y el propio mundo que le tocó vivir el que lo hizo. Pero una cosa quedaba clara: la de que, más tarde o más temprano, uno de los dos siempre se va primero.

Estamos acostumbrados a que se nos enseñe a vivir pero, ¿y qué pasa cuando ocurre lo que el ser humano está indefectiblemente destinado a afrontar como es el paso al Más Allá? A duras penas sabemos cómo vivir, pero no sabemos cómo morir. ¿Y nuestro entorno? Sabe acaso cómo afrontar que uno de sus allegados se vaya al otro mundo. Sería difícil pensar en que sí. Pero Okuribito no pretende darnos una respuesta a todos estos dilemas, sino simplemente presentarnos una realidad. La de que ricos o pobres, virtuosos o depravados, cultos o ignorantes, todos estamos destinados a morir y son los demás los que deben sobrellevar nuestra desaparición. Pero existen muchas formas de fallecer. Los clientes de la Agencia NK lo habían hecho físicamente, pero el progenitor de Daigo lo había hecho personalmente para el protagonista y, como podremos ir observando, no es precisamente el único.

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Daigo con la carta-piedra entregada por su padre cuando era un niño

Así que el film nos devuelve al punto de partida tras casi 80 minutos de guión. Volvemos a esa vivienda en la que Sasaki y su pupilo se disponen a amortajar a una mujer cuando descubren que en realidad es un hombre, por lo que se disponen a preguntarle a la familia qué tipo de maquillaje desean para el difunto de nombre Tomeo. La madre, que siempre aceptó que era un transexual, dispone que deben utilizar un maquillaje de mujer. El padre jamás aceptó esa condición, pero transige y no dice nada. Sin embargo, al acabar la ceremonia se acerca a ellos y, tras reconocer el profundo conflicto que tenía con su vástago, procede a una confesión: gracias a su trabajo y a la sonrisa con la que le dio su último adiós, había vuelto a reconocer a su hijo, tras lo cual rompe a llorar desesperadamente.

Es entonces cuando realmente el músico se da cuenta de la auténtica repercusión de sus actos. Su trabajo no sirve únicamente para despedir, sino también para dar consuelo a quienes despiden, reconciliándose incluso con los fallecidos a los que en vida se habían enfrentado. Y poco a poco, algunos de los principales fantasmas de la sociedad japonesa se irán planteando hasta el espectador sin darle a éste una solución clara a las polémicas planteadas, dejando que éste llegue a sus propias conclusiones. Y todo ello sin la emisión de juicio de valor alguno mucho más allá que los vinculados con el antiguo violonchelista.

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Mosaico con cuatro de los cuerpos amortajados por la Agencia NK

Vivimos pues allí un auténtico cambio en el sentido del guión y será en ese instante cuando todo empiece a cobrar un sentido. No estamos hablando de una radiografía social de un país a gran escala, ni tampoco del conflicto que pueda derivarse de un trabajo supuestamente admirado (pero que no le aporta al protagonista sustento alguno) como lo es el ser un intérprete de música orquestal, frente a un oficio denostado pero que reporta beneficios como lo es el de sepulturero. Hablamos de una introspección a pequeña escala del alma humana en la que las palabras clave son las de la reconciliación, el perdón y, por encima de todo, la tolerancia. Algo que se vuelve especialmente patente en las dos últimas grandes escenas del film.

En la primera de ellas, nos topamos con la sorpresa de ver a Mika volver con su marido, anunciándole además que va a ser padre. Una ironía dado que el momento en el que se origina esa vida es, precisamente, aquél en el que Daigo toma en realidad contacto con la muerte. Pero no tendrá demasiado tiempo para reflexionar sobre ello dado que uno de los personajes secundarios, la señora que regenta unos baños públicos, cuyo hijo funcionario fue además uno de los primeros en censurar al protagonista por su profesión, fallecerá inesperada y fulminantemente, por lo que se verán obligados a recurrir a los servicios de la Agencia NK, cuyos miembros se desplazarán al lugar acompañados en esta ocasión de la esposa de nuestro chelista.

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La manera en la que Daigo amortaja a la señora de los baños hará comprender a su hijo la injusticia del trato que le dispensó

Será en ese momento cuando ella tome auténtica conciencia de la auténtica naturaleza del empleo de su marido. De cómo éste es en realidad una especie de Caronte que no sólo ayuda a los fenecidos a pasar de un lugar a otro del Aqueronte, sino también a ser un bálsamo que aminore el desgarrador dolor que sienten sus clientes cuando comprenden que lo único que ya pueden hacer por sus seres más queridos es despedirlos con honores. Y así, sin apenas palabras y con poco más que un acompañamiento musical, veremos gestos de auténtico perdón… Y de verdadero arrepentimiento, no sólo por la injusticia de la situación a la que sometieron a nuestro amigo sino también… por todos los pecados del hijo que se expiran con lágrimas derramadas ante el féretro de su madre cuando éste pasa a ser pasto de las llamas.

Pero el instante culminante vendrá de la mano de un personaje que hasta ese preciso momento no había existido más que en la mente del joven enterrador. Un hombre en torno al cual ha girado su vida a pesar de que no es capaz de recordar con nitidez su rostro: Hideki Kobayashi, el padre de Daigo. Pero tal vez hablar de “padre” es algo un tanto desacertado. En el fondo para él no es más que una referencia mítica del que en realidad sólo sabe que lo abandonó a él y a su madre. No alberga en su mente una vivencia, una frase, un consejo o un mal momento en su compañía… no guarda nada de él… a excepción de su pequeño violonchelo y una enorme carta piedra… Ahora todo tiene un sentido.

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Carta en la que anuncian el fallecimiento de Hideki Kobayashi, el padre de Daigo

Por un lado su auténtico padre es Sasaki. Él ha sido el que le ha dado una razón para seguir adelante y una manera de sobrevivir en la vida. Pero al mismo tiempo se ha convertido en su verdadero maestro en la vida: un hombre al que respetar y querer. Una referencia, si se prefiere, y precisamente éste será el momento en el que adquiera este papel. Unos minutos antes en el metraje lo había convencido para seguir en la Agencia NK contándole que la primera vez que amortajó a alguien había sido a su mujer. Hasta ese momento había despedido a auténticos desconocidos y las familias que atendían a su trabajo eran personas totalmente desconocidas. Aunque, ¿qué sucede cuando la persona a la que tienes que despedir es un ser querido y tú eres el público?

Es en ese sentido muy interesante comprobar el contraste que ofrece el papel de Tsutomu Yamazaki en esta producción en comparación con la del otro gran taquillazo de su carrera, “Go”, donde también ejercía de cabeza de familia. Sin embargo, si bien en la película de Takita se trata de un hombre amable y calmado que tiene con su compañero de reparto toda la paciencia que éste necesita para enterrar su profesión de músico y renacer como funerario, en la de Isao Yukisada era un hombre rudo capaz de instruir a su hijo en el arte del boxeo y de ganarle una pelea tanto al comienzo como al final del largometraje arrancándole varios dientes en el combate.

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Tsutomu Yamazaki ofrece en este film una imagen paternal entrañable, en contraste con el duro padre de “Go

Ciertamente ni él ni Masahiro Motoki tendrán salida de tono alguna, a pesar de que a lo largo de toda la cinta puede apreciarse, tanto en ellos como en otros secundarios, una cierta sobreactuación en los momentos más trascendentes que, si bien son muy comunes y bien vistos en el cine del archipiélago, no puede decirse que ocurra lo mismo fuera del mismo, donde dicha manera de interpretar se considera errónea. No obstante, tanto estos defectos como otros detalles aparentemente poco apropiados como la manera de comer de los miembros de la Agencia NK o la pequeña cresta que podemos apreciar en la coronilla de Kobayashi, impregna a todo el metraje de un sutil toque “antiglam” que constituye la que sin duda es una de las grandes señas de identidad de la película como es el contraste del que tanto hemos hablado.

Un ejemplo de lo anterior lo encontramos en el incinerador: el más fiel cliente de los baños públicos que es, en esencia, un personaje cómico. Sin embargo, cuando fallece su “jefa” no sólo cambia su carácter, sino que también profiere una de las reflexiones más interesantes que podemos encontrar en la historia y que se resume en enfocar a la muerte como únicamente un paso de un mundo a otro que todos hemos de dar y en el que él es sólo… el guardián de la puerta. Algo que podemos entender si tenemos en cuenta que su amada está interpretada por Kazuko Yoshiyuki, la gran dama de la escena nipona y que muchos occidentales reconocerán bien, no sólo por todo lo que apuntamos en la anterior escena, sino también por sus papeles como protagonista en la secuela de “El Imperio de los Sentidos” o como Seiyuu en la reciente Omoide no Marnie.

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El estilo despeinado de Daigo y la manera de comer de Sasaki serán los dos toques “antiglamour” más palpables de la serie

Otro exponente de los aludidos contrastes lo encontramos en los violochelos. Con el instrumento en su versión “Senior”, totalmente desligado de su pasado y con una enorme calidad en cuanto a los sonidos que emanasen de él, Daigo no alcanzó fama, fortuna o prestigio alguno. Más bien arruinó a su familia y comprometió su matrimonio. Sin embargo, un viejo y desvencijado chelo de su niñez le proporciona no sólo un lugar en el mundo sino también… un público fiel y leal ante el que tocar, al ritmo que le marca el que es, sin el menor lugar a la duda, uno de los trabajos magistrales de la trayectoria profesional de Joe Hisaishi a pesar de ser de los pocos que se desarrollan más allá de la supervisión de Hayao Miyazaki.

Cuesta mucho creer que no puede describirse con palabras un hecho como el de escuchar el “Ave María” de la Banda Sonora de este largometraje que empieza a interpretar Kobayashi ante sus compañeros en Nochebuena mientras observamos cómo, poco a poco, va perfeccionando las técnicas de su oficio, aprende a escuchar y complacer a sus clientes y, por encima de todo, a ser feliz, mientras acaricia las cuerdas de aquel instrumento diminuto, casi de juguete, con el que dio sus primeros pasos ante la mirada de sus padres, que ahora se llaman “Sasaki” y “Yuriko”. No, definitivamente no se puede narrar lo que se siente ante unos fotogramas que no dicen nada y a la vez lo dicen todo. Pero, a todo esto, nos habíamos olvidado de aquel “por otro lado” que debía complementar al primero del que hablamos seis párrafos atrás. ¿Qué pasa con Hideki, su auténtico padre?

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El rostro enfocado y desenfocado del padre es la clave del hilo narrativo en cuanto a los sentimientos de Daigo

Nos encontramos por fin a dos hombres frente a frente con Mika como testigo. Uno en el mundo de los vivos, y el otro ya ha pasado al de los muertos. Daigo debería ver en él al ser que le dio la vida, pero no lo reconoce. Su rostro sigue difuminado. Pero, cuando otros sepultureros se disponen a amortajarlo y a introducirlo en el ataúd, Dai-chan lo impide y su mujer explica el porqué: es su trabajo. Tres palabras que delatan que por fin ha aceptado el oficio de su marido y está dispuesta a estar con él hasta el final. Pero ahora, el que importa es aquel pescador que yace inerte ante sus ojos y al que ya nada le quedaba en la vida… ni tampoco nadie. Sin embargo, sus manos parecen apretar con fuerza algo.

El joven Kobayashi comienza la ceremonia que en tantas ocasiones había ejecutado con anterioridad. Y, de pronto, también al llegar a la mitad, se encuentra con otra sorpresa. Cuando desentumece las manos, algo cae de ellas… Es una diminuta carta-piedra… la misma que le dio él treinta años atrás… Y el mensaje ahora está claro. Hideki lo quería, pensó en él hasta el último de sus días, y aquélla era su forma de pedirle perdón. Por ello no es extraño que su faz sea ahora visible para su hijo y que el rostro de éste se llene unas lágrimas que serán acompañadas por las nuestras al comprender que hemos sido testigos de una película maravillosa que culmina con la promesa de una vida que nacerá y que lo tendrá a él como guía como forma de redimir los pecados de su progenitor. Así pues, emitamos una valoración.

Conclusión

¿Por qué romper con la regla general de un blog y hablar en él de una película convencional que no está bien interpretada y que exige permanecer durante más de una hora delante de la pantalla hasta que llega lo verdaderamente importante? Lo cierto es que el pasado verano me hice infinidad de veces esta pregunta cuando, sin saber muy bien por qué, me encontraba viéndola una segunda vez. Así que volví a plantearme lo mismo, me fui a la cama, me levanté, corrí diez kilómetros, me di una ducha, me vestí y resultaba que “Despedidas” estaba de nuevo en la pantalla de mi televisor y yo embelesado ante ella como si de una obra de Makoto Shinkai se tratase.

No es el mejor largometraje de la historia, ni desde luego se trata de la más brillante interpretación ejecutada por sus actores principales, pero hay algo “mágico” dentro de ella. Sí, ésa es la palabra correcta. Un encanto especial que no se consigue sólo con la técnica y que se logra cuando un director mira a los ojos de un espectador, lo trata con un respeto y como un ser inteligente e intenta contactar con él ofreciéndole una parte de sí mismo, pero llevándolo al terreno oriental. Una manera de dar sentido a la tan manida frase de Yukio Mishima en la que afirmaba que “Sólo lo invisible es japonés”. Y este film es maravillosamente nipón.

Es como cuando Morgan Freeman, en la piel de Red en “Cadena Perpetua” escuchaba por primera vez “Duettino – Sull’aria” de “Las Bodas de Fígaro” y decía que no tenía la menor idea de lo que cantaban esas dos mujeres, pero tampoco quería saberlo, porque existían cosas tan bellas que no podían expresarse con palabras. Y es lo que, en resumen, puede decirse de Okuribito. No es la mejor película, ni la más espectacular, ni posee un reparto propio de la época dorada de Hollywood, donde cada cartel era un mapa de estrellas. Es, simplemente, una historia que te hace sentirte orgulloso de pertenecer al género humano y que nadie que en algo aprecie la belleza de la vida debería jamás dejar escapar. Un regalo para nuestros sentidos simplemente… excepcional.

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NOTA: 9,5

7 comentarios el “Okuribito, el canto mortuorio a la vida de Yojiro Takita

  1. Pingback: Organizando el chiringuito hasta el próximo verano | Drakenland / El lobo zamorano

  2. Excelente reseña como siempre, muy bien explicada y trabajada.

    Esos textos formales (pero atrapantes) siempre me han servido de mucha inspiración cuando quiero escribir algo.

    Sobre la película, pues me alegra haberla visto hace unos meses para poder aprovechar mejor el análisis.
    Estoy muy de acuerdo con lo que dices, recuerdo que la tónica era una combinación de humor y drama, al inicio no me convencían mucho los cambios de tono pero por encima de eso podía percibir cierta poesía y elegancia en la trama al vincular en forma de -ritual- las nociones sobre la vida y la muerte según la cultura japonesa.

    Lo fascinante (además de una buena dirección y música para acompañar las escenas) creo que yace en su pequeña reflexión sobre el tema y la delicadeza en el arte de los amortajamientos.

    La primera hora creo que define bien la mayor parte del contenido y lo hace de una manera tan simpática que no pensaba que fueran a profundizar mucho en el tema, sin embargo en su 2da mitad presenta ciertas conversaciones que invitan a meditar sobre el significado de cada despedida.

    Como bien mencionas,
    las sobreactuaciones son un pequeño defecto, también diría que la mezcla de géneros no está muy bien afinada, sin embargo el argumento no deja de ser único y por supuesto la conclusión logra ser más emotiva de lo esperado ya que se nota que fue un filme modesto y sin grandes pretensiones.

    • Ante todo, perdón por la demora en contestar, pero he tenido una cantidad de trabajo brutal y sólo ahora he podido encontrar un ratito para aprobar comentarios y responderlos.

      Es lo sorprendente del cine. Si te fijas, Casablanca era un film del montón y sin demasiadas pretensiones, pero el momento histórico en el que fue rodada, las interpretaciones de Bogard y de Ingrid Bergman y en especial los diálogos la convirtieron en un mito del celuloide. Nadie lo hubiese apostado, pero ocurrió. Con Okuribito ocurrió algo parecido. Una película modesta, muy modesta, pero supo ganarse a un público que fue haciendo de ella algo más y más grande hasta llegar al Oscar. Y ojo, es que además derrotó a “Entre les murs” que había ganado la Palma de Oro en Cannes y todo el mundo apostaba por ella. Cuando dijeron “Departures” nadie se lo podía creer, pero así fue.

      Por cierto, ¿crees que hubo influencia de Makoto Shinkai en este guión o no? Porque yo por lo menos siempre tuve en la cabeza Kumo no mukou yakusoku no basho cada vez que Daigo reflexiona sobre algún aspecto melancólico de los que se abordan en el film.

      Un saludo.

      • No te preocupes por eso, cuando te tardas en contestar ya sé cuales son las razones.

        Respondiendo a la pregunta:
        Si hay algo novedoso que trajo Makoto al mundo del animé, sería la combinación de una narrativa poco convencional, el lenguaje poético en los pensamientos de los personajes y el hiperrealismo de los escenarios.

        No está de más mencionar que Shinkai estudió literatura japonesa y todo ese lenguaje poético que utiliza es debido a su pasión por la poesía y el lenguaje de los libros. Lo destacable es lo bien que supo implementar eso con el medio de la animación.

        Al final, esa mezcla de elementos es algo que lo caracteriza tan marcadamente que cuando captamos el énfasis de esos matices en otros lados, naturalmente los identificamos con él.

        De hecho que también pensé un poco en su obra cuando vi esta película pero no le di muchas vueltas al asunto; ahora con tu pregunta me entró curiosidad y leyendo un poco al respecto creo que tengo la respuesta que mejor responde a esa duda.

        Como bien mencionas, Okuribito es una película en gran parte basada en “Coffinman: The Journal of a Buddhist Mortician”.

        Shinmon Aoki, el autor de dicha obra, aparte de escritor también es poeta y según una valoración sobre el libro, Aoki hace uso frecuente de lenguaje poético para expresar sus pensamientos al lector.

        Con ese dato es factible concluir que parte del lenguaje de la película fue extraído del libro, independientemente de las libertades que se tomaron con la trama.

        En ese caso creo que no estaría relacionado con Makoto, aunque tampoco descartaría que el responsable del guión haya visto sus películas tomando en cuenta el largo tiempo de producción de Departures.

        Saludos.

  3. Me he esperado hasta el fin de semana para verla y poder comentarla aquí xD. Antes de nada, gracias por la gran reseña que te has trabajado.
    En cuanto a la película, la primera escena me dio a entender que estaba ante una comedia negra mezclado con drama. Sin embargo, según avanzaba se hizo presencia otros temas con suma delicadeza como pueden ser la vida y muerte o el arte de amortajamiento en la cultura japonesa. Ese “cambio” se me hizo patente sobre todo a la vuelta en escena de Tomeo y cómo su padre rompe a llorar.
    Como pequeños contras quizás las sobreactuaciones o el convenio con el que avanza el guión en ocasiones, que lo hacen un poco más predecible. Aunque realmente no es que me importe demasiado, ya que la historia sigue siendo mágica independientemente.
    Joe Hisaishi como siempre magnifico, ha sabido manejar bien las sensaciones del ambiente así como los sentimientos de Daigo. Sin duda, una película especial (con toques melancólico-emotivo?) que nos invita a alguna que otra reflexión.
    Un saludo.

    • Pues nada que añadir aparte de agradecerte el tomarte la molestia de verla para comentar. Sé que al principio puede costar un poco, pero al final merece la pena. Es cierto que, como dicen por aquí, se nota que es una producción “Low Cost” pero es de lo muy poco que me ha llegado al corazón en muchos años. Y eso para alguien como yo es un gran mérito.

      Un saludo

  4. Hola, Javi!!

    Como siempre, una gran reseña. Hace ya tiempo que vi esta película y debería volver a verla, pero lo cierto es que comparte todo lo que decís. Es un gran film que nos acerca al tema de la muerte en general, haciéndonos reflexionar sobre algo de lo que casi no se habla, y lo que significa en la sociedad japonesa. Es curioso el hecho de que el protagonista le encuentre sentido a su vida en un trabajo relacionado con la muerte.

    Creo, por otro lado, que sería un buen film para pasar en una clase de filosofía para trabajar sobre el significado de la muerte y de la vida misma. Es una película que nos sirve para reflexionar sobre qué es lo realmente importante de la vida, que nos hace darnos cuenta de que lo más importante son esos momentos compartidos con nuestros seres queridos, que las cosas materiales no tienen ningún valor más allá de aquellos momentos.

    Gracias por traernos esta hermosa reseña🙂

    Besos!!

    PD: Tenías razón, me encantó esta reseña!!

Adelante, siéntete libre para incordiar :3

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